Creo que alguna vez he contado aquí mismo que una de las (cada vez menos) cosas que me atrae de este trabajo es la posibilidad de conocer gente curiosa. Investigadores en la lucha contra la malaria, expertos chinos en fungicultura, magos desdentados, cantantes underground, portadores de gigantes y cabezudos…
Mi cuota se ha colmado esta semana con un personaje desconocido hasta ahora para mí: un rico. Pero un rico de verdad. Nada que ver con los aspirantes a ricachón de provincias que pasean su coche de alta gama por la plaza del pueblo, sino un rico auténtico. De esos que en vez de grabar las iniciales del nombre en el bolsillo de sus camisas confeccionadas a medida las imprimen en el nombre de su propia megaempresa.
Como Antonio Catalán, que da nombre a la cadena de Hoteles A.C. y que se ha pasado por aquí en bicicleta camino de Santiago de Compostela. Junto a él iban otros ricos. No por nada, sino porque igual que un periodista tiende a mezclarse con periodistas y por inercia laboral muchos fresadores conocen a otros fresadores, los ricos se mezclan con ricos en los mismos consejos de administración, los mismos asientos VIP de aviones transoceánicos, los mismos restaurantes de lujo.
Catalán y sus compañeros de viaje no son ricos por el dinero que puedan tener. O no sólo por eso. Lo son, sobre todo, por la conciencia de su estatus. Su discurso no es el de alguien que alardea de su patrimonio. O mucho peor: intenta soslayarlo para evitar caer en una pedantería obscena. Él sabe que su vida está hecha comidas de negocios, decisiones estratégicas, cuentas de resultados llenas de ceros y corbatas que, aunque sean de marcas caras, también aprietan el cuello.
Él habla de índices de crecimiento fluctuante o la crisis de las subprime con la misma naturalidad que usted jura en hebreo porque han vuelto a subir la gasolina. Por eso, como él mismo dice, le gusta ir en bici hasta Santiago. Porque es, por unos días, una persona normal.