Analistas financieros, comentaristas políticos, pacifistas, intelectuales, minorías étnicas, vendedores ambulantes de hot dogs. Todos han saludado hasta el éxtasis la victoria de Barack Obama. Por fin, el cambio. El inicio de una nueva era; el final de la penumbra. Yes, brother, you could.
Los periódicos proclaman el entusiasmo que genera un presidente de maneras europeas, culto y, según ha confesado en sus envolventes mítines, volcado en las clases medias. En lo que ninguno repara es la frustración que su elección ha generado en la otra América. Los estados de los Estados Unidos donde Bush y el republicanismo más terco tienen un granero. Un país (la mitad de él, al menos) que vive sentado en el porche de una casa prefabricada y la bandera de barras y estrellas ondea en el jardín. Aquel que sujeta en una mano la biblia y en la otra un rifle semiautomático y que está profundamente orgulloso de mandar a sus hijos a Irak aunque no sepa ubicarlo en el mapa con tal de seguir siendo la capital del mundo.
La Norteamérica que yo he conocido. La que recela del extranjero aunque EEUU sea esencialmente un país de hijos de extranjeros. El pueblo que visita el Disney World como si fuera un santuario y cree que puede morir tranquilo después de conocer el Monte Rushmore. El que estos días desayuna mazorcas de maíz y masculla su odio porque el presidente no es afroamericano sino, simplemente, un negro.
Por eso, Obama, ten cuidado si tu agenda te lleva a Nebraska, Dakota, Tejas o Luisiana. Mira al alfeizar de las ventanas si acudes a Idaho, Arkansas y Oklahoma. Y sobre todo, acuérdate de John cuando te montes en un coche descapotable.
