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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

El Rey en persona

El yayo Tasio nunca ha sido amigo de héroes deportivos ni monarcas con la pechera sembrada de galones. Siempre ha tenido para sí la sospecha de que tras los oropoles y el brillo del papel couché se esconde alguien que ronca y eructa, que tiene halitosis y escupe en el suelo. Simplemente, personas.

Por eso se pregunta si ese Iñaki Urdangarín que en sus tiempos fue el epítome del esfuerzo y la constancia, el ejemplo para las generaciones venideras del trabajo colectivo y el triunfo en pantaloneta es el mismo que presuntamente ha utilizado sus conexiones para llenarse los bolsillos. Dice el yayo que si ese mocetón de aspecto distinguido y percha impecable, al que todos nombraron como el más relumbrante y humano de los yernos que el Rey podría tener, es el mismo ser que ha estado llamando a las puertas de la corrupción al hacerse Duque.

Se muere el abuelo por conocer si las gafas de sol que últimamente se gasta Don Juan Carlos son su regia manera de no querer ver la realidad, y cómo es posible que baste decretar que alguien deja ser lo que es para, así, eliminar de un brochazo cualquier borrón de una idílica postal. Por eso Tasio, que siempre busca una excusa para eludir el discurso de Navidad de su Majestad que reproducen todas las cadenas antes de cenar, este año se quedará pegado a la pantalla para verificar si le huele el aliento o le tiembla la voz. Si se disculpa como lo haría una persona o sigue siendo el Rey.

 

 

 

 

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