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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

El viejo Actual

festival actual

Recuerdo más de una y más de cuatro noches en las que entré en el Palacio de los Deportes una gélida noche de enero sin saber qué iba a ver en el escenario levantado en mitad del pabellón. El programa musical de Actual esa jornada era una encripatada sucesión de bandas ignotas y algún solista exótico que aterrizaba en Logroño como un astronauta descubre un planeta remoto. Aquí aún no pasaba casi nada, ni siquiera los grupos que otros disfrutaban a la puerta de casa, y aquello funcionaba como un respiradero para el asma musical. Algún concierto me aburrió, otros me fascinaron, pero ninguno defraudó. El festival tenía la garantía de ser lo que decía ser, una gavilla de culturas contemporáneas, y todo lo que pasaba aquellas noches tenía ese aire de instante único que algún día, muchos años después, podrías testimoniar haber vivido. A veces a un puñado de desconocidos, porque el menú estaba cocinado para paladares desprejuiciados y la administración no sufría el síndrome del pabellón repleto para justificar el gasto público que nunca concretaba. La crisis hizo tambalear aquello. La iniciativa privada salvó la marca profanando algunas esencias –Actual Impar, carpa, austeridad, ¿recuerda usted?– y pasados los apuros que por lo visto eran fútiles, el festival va rebrotando sin olor, como esos injertos en los que donde antes había sorpresa ahora florecen  Vivancos, glorias descriogenizadas, hispters de catálogo y la foto de un aforo lleno. Anímese a que no quede ni un hueco.


enero 2016
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