Alguna pieza chirría en el engranaje turístico-social de Logroño cuando el visitante sale encantado al certificar los tópicos de la ciudad –su tamaño manejable, la buena gente, las bonanzas estomacales– pero una parte de quienes la habitan chocan a diario con esas presuntas virtudes. A la avalancha de despedidas de soltero con los homenajes al mal gusto que sus integrantes practican en la vía pública cada semana se ha sumado la reconversión de la icónica calle Laurel en un parque temático inclinado al bolsillo y las expectativas del foráneo que llega, disfruta, paga y se va. A ese cóctel de difícil digestión para los que acaban cercenados por pollos alcoholizados y pinchos de pitiminí a doblón, acaba de sumarse la ‘I Ruta del Calimocho’, que apuntilla la pátina de calidad que se presupone a los atractivos de la tierra con nombre de vino. Los argumentos para vadear la polémica no cuelan. Ni dotar a la mezcla de los atributos gustativos que nunca ha tenido la Coca Cola, ni presumir que así se fomenta el Rioja, ni el recurrente pretexto del retorno económico que lo mismo vale para el ascenso de la UDL que para combinar vino con burbujas dulces. Las dudas sobre la oportunidad de la iniciativa valdrán de poco. Los bares harán caja y la chispa de la vida venderá unos palés más. Pero la imagen de Logroño y por extensión de la región quedará impregnada del olor a caramelo pegajoso que deja el calimocho, incumpliendo esa máxima tan riojana de que es obligado cuidar bien lo que da de comer.