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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

Historia viva

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Si no ha podido de llegarse al cementerio para cumplir con Todos los Santos, no se mortifique. Sus muertos seguirán aguardándole y podrán aguantar un tiempo más el recambio de las margaritas marchitas sobre sus floreros de alpaca. No olvide sin embargo su cita con el camposanto. Disfrútela cualquier otro día. Mejor incluso aún cuanto más soledad se respire entre las lápidas, lejos de esas tradicionales citas masivas que convierten el recuerdo en un trámite. Cuando acceda al recinto, despójese de los prejuicios ténebres que invocan cuerpos corruptos y almas yacentes. Observe el entorno como lo que es: un lugar que habla (más bien susurra) de usted, de todos. No tenga prisa para asimilar toda la información que se le presenta antes sus ojos. Ahí encontrará un compendio de cómo ha evolucionado la arquitectura, el arte, las diferentes maneras de esculpir la memoria, en muchas ocasiones con la firma de creadores cuya obra civil excede los muros que le rodean. También le desbordará la historia. Porque cada mausoleo envuelto de liquen, los panteones más grandilocuentes, recogen en esa singular representación de la muerte una porción de la vida de la ciudad entera. La que aportan también cada uno de los nichos anónimos para casi todos excepto para sus inquilinos y sus familias, que en sus epitafios y modestos retratos en sepia vislumbran biografías fascinantes. Si le restan unos minutos, dedíquese sin más a recorrer las calles flanqueadas por los cipreses. Escuche el silencio, mire a los ojos a los angelotes de mármol, contágiese del sosiego simétrico que infunde el cementerio. Y al marchar, no olvide cambiar las flores de las tumbas que llevan sus apellidos grabados.

Fotografía: Justo Rodríguez


noviembre 2018
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