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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

Deshagan juego, señores

sobera

El programa de televisión hace una pausa a traición. Sin previo aviso comienzan los anuncios. El primero que aparece en la pantalla, donde el volumen además se ha elevado sin que nadie haya pulsado el mando, repite tres veces un puñado de palabras entre un bombardeo de imágenes luminosas y fragmentadas: entra, entra, entra; mira, mira, mira; sube, sube, sube; grita, grita, grita; apuesta, apuesta, apuesta. La descarga de adrenalina es brutal si uno no está en guardia. Como para edulcorarlo, los treinta segundos se rematan con la sonrisa amable de un conocido presentador que presta su rostro a esa invitación a dejarse el dinero en el azar. La agresividad del anuncio es sólo un síntoma: el de la exponencial proliferación de las apuestas deportivas en una fulgurante carrera (presencial y on line) donde las empresas interesadas y a quienes patrocinan buscan incrustarlas en nuestro a día a día como un hábito más. Y peor aún, entre tantos jóvenes que encuentran en Internet una puerta sin cerrojos para algo que disfrazado de entretenimiento puede convertirse en una condena para ellos y quienes les rodean. Lo vienen advirtiendo las asociaciones especializadas en adicciones, que vislumbran ya cuadros que se parecen demasiado a lo que se sufren con otras patologías. Si las administraciones responsables no pone límites a un negocio en el sólo los riojanos se dejaron 32,6 millones euros el año pasado, las consecuencias serán infaustas. Y no sólo por el roto económico que genera entre los que acaban sumidos en esa espiral, sino por el trastorno psicológico, humano y social que provocará (está provocando ya) en una generación entera.


diciembre 2018
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