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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

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carteles

El yayo Tasio añora las campañas electorales de cuando era joven. Tantos años de franquismo les habían hecho olvidar (algunos ni la conocían) la gimnasia del voto y aquellas citas con las urnas tenían un aire de novedad, de aire fresco, de juguete sin malear. Posibilismo, algo de inocencia y mucha voluntad, porque el compromiso político no era una opción sino casi una exigencia moral. El abuelo me lo cuenta y yo casi no le creo. Dice que había carteles con las fotos de los candidatos malpegados por los rincones.  Simcas 1200 con un megáfono sobre el techo que repiqueteaban eslóganes mientras recorrían el asfalto a paso de burra. El yayo perjura que los mítines se improvisaban en cualquier esquina y los aspirantes asaltaban a sus posibles votantes a pie de calle sometiéndose a lo que fuera, desde un achuchón a un tirón de orejas. Será porque vuelve el aroma de celulosa de las papeletas que Tasio no acaba de asimilar cómo ha cambiado aquel amateurismo. De qué manera las redes sociales se han erigido en los púlpitos donde la maquinaria que trabaja para cada formación vomita mensajes artificiales o cómo los que durante años militaron en unas siglas se mudan a otras. Una epifanía ideológica que, oh casualidad, no acostumbra a conducirles a asambleas de base sino a un puesto de salida en alguna lista que les garantiza seguir viviendo de un sueldo público. Candidatos que pasean las calles como estrellas del rock (convenientemente escoltados) sólo para exhibir una falsa cercanía que busca ocupar las portadas del día siguiente con una foto vertical. Tasio les mira desde lejos con el recelo de quien la experiencia de la historia ha afiliado el olfato para detectar la impostura que busca votos sin conciencia.

Fotografía: Herce


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