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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

La reforma de nadie

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La Rioja tiene un Estatuto de Autonomía renovado. Aunque en realidad, no lo tiene todavía operativo. El Parlamento lo ha aprobado y las Cortes que salgan hoy de las urnas tendrán que darle el visto bueno último. O no. El proceso ha tardado tanto en concretarse, el camino se ha retorcido tanto hasta llegar a la meta, que el pacto alcanzado aquí no tiene por qué replicarse en Madrid ya que el equilibrio de fuerzas con toda probabilidad variará. Más aún, cuando quienes ahora abjuran del modelo autonómico tendrán en su mano el botón del ‘no’. Quizá no se haya enterado de nada de lo que le estoy contando. Es más que probable que su vida siga inmutable después de que los diputados que apoyó hace cuatro años y por los que tendrá que volver a decantarse en menos de un mes dijeran ‘sí’ y se sacaran una foto a la entrada del monasterio de Yuso. No deja de ser frustrante para una sociedad vanagloriada en su autogobierno que la norma sobre la que se sustenta su arquitectura institucional pase tan desapercibida. Que las gavillas de páginas que se han escrito sobre la reforma hayan tenido un impacto tan liviano sobre quienes presuntamente deben ser los beneficiarios directos de cada artículo. No se autoinculpe. Busque a los responsables de esa desafección entre los que posan en la solemne instantánea de San Millán. Desde hace la friolera de quince años que se activó el proceso y especialmente en esta legislatura que se ha cristalizado, se ha impuesto el tacticismo sobre el encargo de parir el mejor Estatuto posible. De ahí esas idas y venidas, pactos y desacuerdos, exigencias y recelos que han olvidado el requisito de empeñarse en una labor pedagógica que los enemigos de ésta y todas las autonomías jamás harán.

Fotografía: Juan Marín


abril 2019
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