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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

Coleccionistas

silenciook

Al yayo Tasio le fascina coleccionar. Encuentra un placer compulsivo en la propia acumulación, aunque lo que de verdad le excita es ir recolectando a lo largo del tiempo y de forma aleatoria distintas versiones de una misma cosa. Unas veces a la caza de piezas singulares que completan cada retahíla y otras encontrando sin buscarlo un eslabón más en cadenas que van enroscándose sobre sí mismas. La colección personal que más mima es la de silencios. Los atesora de todo tipo. De múltiples tamaños e infinitas texturas. Ha ido aquilatándolos desde que era un mocete, cuando los arrumbaba en su memoria todavía fresca e inocente y aún desconocía que acabaría plastificándolos en los pliegues de su cerebro para repasarlos con perspectiva en sus ratos libres. Se detiene en el silencio de su pueblo. Guarda aquella nada en el aire de los domingos después de comer, cuando el resto del universo echaba la siesta y él subía solo a las eras para tumbarse mirando al cielo sin escuchar ni el rumor de las hormigas. Le fascina tanto como el que experimentó la primera vez que se topó con la belleza en un museo y cuando fue a hablar no salió nada de su boca. O el que provocó el día que se enfadó con el mundo y blindó la casa herméticamente para que nada perturbara su odio. Silencios cómplices y arrebatados; silencios atronadores o cortantes. El catálogo de silencios se completa con los que recibe cuando entra en un lugar ajeno, saluda con un buenos días y nadie le contesta. Espera una fracción de segundo pero no hay respuesta. Una clase de silencio que encarta entre la invisibilidad y la mala educación y al que el yayo tampoco hace ascos porque retrata a sus dueños y engordan una colección inabarcable.


agosto 2019
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