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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

Sigilo

 

No hay que viajar a otros mundos ni fabular situaciones extraordinarias para experimentar el miedo. La semilla del terror también puede dormir en los lugares más reconocibles e Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972) sabe cómo despertarla. Es lo que el autor navarro ha venido ejercitando en su ya dilatada obra enrolado siempre en las filas del thriller fantástico y es la fórmula sobre la que reincide en su última novela. ‘Sigilo’, sin embargo, no se estanca en las señas de identidad que le han convertido en uno de los narradores más relevantes del género y da un paso al frente con una historia donde la cotidianidad convive con lo paranormal. El resultado es un libro inquietante, turbador e imprevisible con el que Martínez Biurrun reta a la imaginación del lector y remueve valores que se presumen blindados como la familia. Los miembros (vivos y muertos) de una de esas sagas llevan las riendas de ‘Sigilo’. Por un lado Fede, guardia de seguridad de un solitario y fantasmagórico rascacielos a punto de ser demolido. Por el otro, su hermano Andrés, maltrecho física y emocionalmente que cree encontrar en la atropellada extorsión a un empresario la vía de escape hacia el futuro. Cualquier futuro. Y entre ambos aunque no de forma equidistante, su madre Claudia, que convive con el fantasma del difunto marido y padre en compañía de Magaly, la empleada de hogar que le acompaña en el tránsito hacia mundos paralelos donde los espectros remueven un pasado acallado que se desbroza página a página, golpe a golpe. Martínez Biurrun arma sobre esos pilares el andamiaje de un relato que va bifurcándose cuando parece que la resolución está a punto de arribar. Con una arquitectura plagada de recovecos y zonas en penumbra, sobre las historias particulares de cada protagonista gravitan las de otros secundarios hasta confluir todas esas tramas en una resolución sorprendente que cumple el objetivo de cualquier narración: hacer discurrir la lectura por la senda de la incógnita hasta una salida no siempre cómoda ni de regusto amable. El oficio del autor navarro se denota en esa apuesta por una estructura exigente, por unos perfiles que desde una presunta vulgaridad revelan facetas angulosas. Pero, sobre todo, por la habilidad para la recreación a través de la escritura de imágenes de una potencia visual desbordante y que se suceden a ritmo casi cinematográfico. Con esos recursos y una confesa devoción por los clásicos, Martínez Biurrun sale indemne de la prueba más ardua a la que se enfrenta: introducir en un contexto de realismo ingredientes de ciencia ficción que no sólo no chirrían, sino que acaban dotando al conjunto de singularidad a la vez que permiten a la trama conducirse por vías ajenas al convencionalismo. ‘Sigilo’ ahonda de esa forma en territorios ya explorados en (‘Invasiones’, 2017) y validan la buena salud de un género que transciende fronteras. Geográficas y mentales


noviembre 2019
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