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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

El banco vacío

La Rioja vacía no quiere que le den dinero, sino tener acceso inmediato al que tiene. El lamento amargo desde Galilea (350 habitantes) por la desaparición del único cajero automático que permanecía abierto y la estadística que constata una lenta pero implacable desertización financiera allá donde los servicios más próximos de los bancos dejan de ser rentables desvelan una realidad inquietante: el fenómeno de la despoblación es el desmembramiento de los pilares sobre los que se asienta el día el día. Que los habitantes de un pueblo tengan vetado un gesto tan cotidiano como es sacar su dinero cuando quieran coloca una losa más en la pesada pila de desigualdades que les acecha. Empuja a los fieles de la vida rural a desplazarse (primero puntualmente y quién sabe si luego de forma definitiva) a otras localidades para disponer de sus propios euros en el bolsillo y su libertad para hacer una gestión queda condicionada al horario de una unidad móvil. No se trata tanto de implementar medios o servicios para atajar el éxodo del campo como de garantizar la viabilidad de los existentes. Una escuela agitada por el ruido de cinco niños, un modesto bar donde juntarse a echar la partida o un colmado en el que comprar lo imprescindible son capaces de hacer más frente a La Rioja vacía que cualquier plan estratégico con medidas grandilocuentes y efectividad virtual. La responsabilidad no recae exclusivamente en la administración en vista de todos los agentes implicados, pero apela a la administración a facilitar las condiciones e imponer obligaciones, especialmente a la banca que sufragó en plena crisis para no dejarla naufragar. Cuesta poco dinero y ahorra muchas deserciones. Y no sólo de la sierra a las ciudades.

Fotografía: Sonia Tercero


noviembre 2019
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