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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

Maribel

Los ejemplares de este periódico que se han publicado desde enero y los que lo harán hasta final de año merecen la pena ya sólo por haber conocido la historia de Maribel. Su existencia está alistada entre las noticias que nacen sin serlo, con una inocua anécdota como germen. Un hilo frágil y aparentemente romo que acaba tejiendo una madeja de hiperrealismo gracias a lectores que ejercen como testigos. En el caso de Maribel, el punto de partida fue un pequeño álbum marrón de fotografías que alguien encontró por casualidad tirado en una de calle de Logroño. Y dentro de aquel modesto y desgastado estuche, las imágenes en blanco y negro de una misteriosa chica. A la intriga de quién podría ser su propietaria se sumó el turbador halo de esas instantáneas donde la protagonista posa entre desenfadada y ausente. Con algo así como el sello de una influencer de otro siglo donde el mensaje es un gesto robado al tiempo, el entorno intuido al fondo, la verdad real que palpita detrás de una verdad muda. El efecto amplificador del periódico y las redes sociales pusieron nombre a aquella joven. Se llamaba Maribel y, como sólo sucede en las historias extraordinarias, ella era alguien corriente. Una chica más en una capital de provincias de los años 60, coqueta y desenfadada, a quien la gustaba recrearse ante la cámara y cuando podía se escapaba a San Sebastián en un Seat 600. Sus retratos quedaron varados en la casa que habitó hasta morir nonagenaria hace unos años. Y aquel librito, caído seguramente por un descuido en la mudanza, resucitó también sin querer a la evocadora Maribel.

Fotografía: Miguel Herreros

Información: África Azcona


marzo 2020
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