El derrumbe de una parte del techo en el pasillo de la Escuela de Enfermería y la protesta de los alumnos no puede (no debería) taparse sin más como el boquete que dejó el siniestro. Sólo la casualidad impidió que alguno de los más 300 estudiantes y la plantilla que ocupa el inmueble a diario sufrieran daños, pero lo que realmente dejó al descubierto la rotura no fueron ladrillos rotos o un fluorescente desprendido, sino el deterioro de un inmueble que data de 1977 y ha ido parcheándose para cumplir las exigencias mínimas entre advertencias periódicas sobre su desgaste. Si todos los grados de la universidad exigen unas instalaciones equivalentes y acordes a su sello de Campus de Excelencia Internacional, Enfermería las merece más si cabe al tratarse de una de las enseñanzas de mayor prestigio con una altísima nota de corte y la matrícula más cara. La condición de centro adscrito, y por tanto dependiente de la Consejería de Salud respecto a mantenimiento y personal, tampoco puede (debería) dejar el caso sin una cura profunda. Más aún cuando, a escasos metros del achacoso inmueble, sigue luciendo el anuncio de construir una nueva Escuela en el solar del Hospital San Millán y todavía resuena la promesa de toda una Facultad de Ciencias de la Salud. Seguro que como garantizan los técnicos el edificio no corre riesgo de hundirse mañana -faltaría más-, pero la dignidad de la Educación demanda algo más que cemento fresco y una mano de pintura.
Fotografía: Juan Marín