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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

Espacio público

terraza

El domingo casi aún no ha levantado la persiana cuando recibo una llamada telefónica. Una voz recia me informa de que es la Policía Local. Mientras intento recordar si había algún vado dónde aparqué anoche y calcular qué multazo me puede caer, el agente  pregunta si conozco a Tasio. Lejos de apaciguarme, la aclaración me intranquiliza aún más. Confieso sin reclamar la presencia de mis abogados que sí, que soy su nieto. La autoridad me exhorta a presentarme a la mayor brevedad en la Gran Vía. El yayo está alterando el orden público y se niega a abandonar el lugar de los hechos. Salgo de casa a toda velocidad temiéndome lo peor. Cuando arribo, la escena no tiene desperdicio. El yayo está sentado en el suelo como un Gandhi rural. En su regazo tiene abrazada una loseta que se ha despegado del suelo y grita ante la mirada incrédula de la autoridad: «¡Es mía, es nuestra, es de todos!». Como en una de esas películas de catástrofes donde los antidisturbios envían a un negociador antes de explotar una bomba, le pregunto qué le ocurre. Y el yayo estalla. Está harto de que las terrazas hayan invadido la avenida. Le frustra que no pueda pasear por la principal calle de la ciudad sin tropezar con un velador. Le indigna que el metacrilato robe su área de recreo y en la reforma que costó un riñón los bares hayan ganado a los caminantes. No sin esfuerzo, logro llevármelo a casa aún agitado. Prometo a los policías que devolveré el adoquín secuestrado antes de la hora del vermú.

Fotografía: Justo Rodríguez


abril 2016
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