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Teri Sáenz

Chucherías y quincalla

LAS PARTES DEL CUERPO

El yayo Tasio se ha colado en una fiesta esta semana. Era, en realidad, uno de esos encuentros informales apañados en un piso lleno de amigos que se estrechaban la mano y comparten sonrisas mientras dan cuenta de una merienda donde abundaban cortezas y patatas fritas, emparedados caseros y tortilla de patata. Pero lo que más le llamó la atención al abuelo no era todo lo había, sino lo que faltaba. Algunas de las invitadas no tenían un pecho; otra había perdido la laringe y el de más allá su mata de pelo. La mayoría, intuyó Tasio, portaba dentro del cuerpo esa divisa que deja la enfermedad como una marca indeleble.

Más allá de ese detalle, lo que le sorprendió al abuelo es que ni en su voz ni en sus expresiones había amargura o restos del sufrimiento. Al contrario. La mastectomizada explicaba con naturalidad sobre cómo había llegado hace unos años allí hundida y le reflotaron, y ahora es ella la que echa un cabo a los que pasan por el puerto de la incertidumbre. La que hablaba sin cuerdas vocales contaba con entusiasmo que el relato de su experiencia había elevado la moral de una compañera atacada de pesimismo. Allí todo el mundo ayudaba. El que no ensobraba cartas acudía al hospital. Quien una mañana repartía folletos por la calle, otra tarde organizaba una rifa para recaudar fondos.

El yayo se sintió conmovido con tanto entusiasmo altruista, y mientras tomaba un pincho furtivo pensó que si el puñetero cáncer alguna vez le visita, en la AECC encontrará un hombro que le reconforte.

Fotografía: Juan Marín


noviembre 2010
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