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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Un trabajo para mis tataranietos

Ahora que la fastuosa liturgia vaticana le ha permitido a Juan Pablo II descansar al fin en paz tras recibir el mayor de esos baños mediáticos y de multitudes que tanto le gustaban, y agotadas las alabanzas al difunto, me arriesgo a expresar una opinión sabiendo que navega no ya contra corriente: contra maremoto. De este Papa se ha elogiado sobre todo su incansable viajar en pro de la paz y contra la injusticia, la pobreza, etc. Escaso mérito. ¿Acaso cualquier persona de bien (y con los inmensos recursos del Vaticano) no predicaría lo mismo? Hubiera sido admirable cuando los papas guerreaban e impulsaban ejecuciones y masacres (no hay que irse a los Medici: Pío XII bendijo la “cruzada” de Franco), pero hoy en día de un Papa se espera algo más que condenar lo condenable. Otro hecho destacado en la hagiografía de Karol Wojtyla es su papel en la caída del régimen soviético. No sé si derribar muros políticos es misión de un líder espiritual, pero éste en cambio reforzó el que separa a su Iglesia de asuntos como la teología de la liberación, la participación activa de la mujer en la vida eclesial y, desde luego, la libertad sexual. Después de veintiséis años y un millón y cuarto de kilómetros, Juan Pablo II no se movió ni un milímetro del conservadurismo sexual de la androgeriátrica jerarquía católica. Eso sí, pidió perdón por obligar a retractarse a Galileo de su herejía heliocéntrica bajo amenaza de gratinado a manos del Santo Oficio en 1633. Así que cuánto tendrán que esperar el sexo femenino excluido del sacerdocio, los practicantes de sexo fuera del matrimonio o la procreación, los homosexuales o las víctimas de curas pederastas que no pueden casarse. Yo creo que estas absurdas actitudes de la moral católica hacia el sexo cambiarían aboliendo el celibato. Si los obispos tuviesen que soportar berreos nocturnos, actividades extraescolares, fiestitas de cumpleaños, trasnochos y broncas adolescentes dejarían de meterse con el preservativo. Antes de anatematizarme, recuérdese que «todas las grandes verdades comienzan como blasfemias» (G.B. Shaw). Y si estoy equivocado ya pedirán perdón mis tataranietos.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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