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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Aquellas piernitas sin rostro

El 12 de diciembre de 1987 ETA voló el cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza. Hubo muchos heridos y diez muertos, entre ellos cuatro niñas. Al día siguiente me golpeó el alma una de las fotografías más duras que he visto en mi vida: las piernecitas de una de esas niñas asomando entre los escombros. La pequeña tenía cuatro años, la misma edad que mi Guille, y al verla se me saltaron las lágrimas. La estremecedora imagen me impactó de tal modo que la guardé en el cajón de mi escritorio con intención de no olvidar jamás. Desde entonces he visto esas piernecitas muertas con su pijamita aún puesto cientos de veces. Son unas piernitas sin rostro pero yo siempre veo el de mi hijo y el de todos los hijos de cuatro años de todos los padres, soñando como benditos antes de sucumbir aplastados por el odio ciego de unas bestias al servicio de una causa miserable. Cada vez que abro el cajón siento la misma emoción y paso el mismo mal rato de la primera vez, pero gracias a ello he conseguido mi objetivo: no olvidar. No he olvidado que los malditos asesinos obedecían a un canalla que luego resultaría elegido diputado del Parlamento vasco. Que sus actuales secuaces continúan recolectando votos a base de llamar «conflicto armado» al asesinato de niños. Y que de aquella matanza de seres indefensos no sólo son culpables los verdugos y los jefes que les mandaron desde la cloaca. Lo son también quienes amparan, justifican, jalean y enaltecen a los autores materiales o intelectuales de estos crímenes y quienes los votan cuando se presentan a unas elecciones. Y lo son también los beneficiarios de los réditos políticos obtenidos con estas infamias y quienes no le hacen ascos a esa gentuza con tal de gobernar. Cuando veo a los políticos vascos tan sonrientes no entiendo cómo pueden ni pretender construir un proyecto político sobre las ruinas del cuartel de Zaragoza. Cómo pueden sacar partido de aquella espantosa tragedia sin que las piernecitas sin rostro de una niña asesinada mientras dormía, asomando entre los escombros, les golpee el alma. Será que ellos sí la han olvidado. Yo ni quiero ni puedo: además de su foto en mi escritorio, su sueño truncado duerme y dormirá por siempre en mi corazón.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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