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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Hasta que la muerte los separa

Cada vez se utiliza más ese detergente del lenguaje con suavizante incorporado que es el eufemismo para lavar la suciedad social. Un “violento”, por ejemplo, ya no es un individuo con mal carácter que da un portazo cuando se enfada, sino un canalla que maltrata, destroza y asesina. La violencia de moda, “doméstica” o “de género”, que es muy antigua (parricidio, crimen pasional), quizás guarde relación con el modelo sacramental de contrato nupcial. Al quedar los contrayentes bien advertidos de que ya sólo la muerte podrá separarlos, muchos devotos practicantes quizá recurran al homicidio como única manera de extinguir el compromiso cuando se vuelve insoportable. Por eso hace bien la gente casándose en el ayuntamiento o en el juzgado. La unión civil ofrece salidas civilizadas (y exentas de pecado) al fracaso de una pareja, sea hetero o, por qué no, homosexual. Las iglesias están en su derecho de no consentir el matrimonio canónico entre dos personas del mismo sexo. Pero una sociedad laica avanzada no puede impedir el casamiento civil y civilizado de dos seres humanos que se aman y deciden compartir su vida y fundar una familia distinta de ese claustrofóbico modelo (un papá, una mamá y dos hijos o uno y un perro atrapados entre cuatro paredes hipotecadas a treinta años) que tan estrepitosamente está fracasando. Y en cuanto a la adopción, ¿por qué no van a poder tener hijos las parejas homosexuales si adoptar es un acto de amor y generosidad superior al de procrear? ¿No será preferible crecer en un hogar rodeado de plena aceptación, armonía y afecto con dos padres o dos madres, que hacerlo en ninguno, o en uno miserable, o en ese donde papá, que es algo violento, acaba acuchillando a mamá y machacándoles el cráneo a los niños antes de tirarse por el balcón? ¿No será más razonable que quienes se unieron por amor permanezcan unidos simplemente hasta que el desamor los separe? Los defensores de los presuntos valores de ese “hogar de todos los males sociales” que es la familia tradicional aseguran que el matrimonio y la adopción homosexuales la están destruyendo. Pero no es cierto que las familias “normales” necesiten esa ayuda. Saben destruirse solas.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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