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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

El PPOE

A partir de 1976 se produjo en España la confluencia de dos viejos enemigos mortales, la izquierda y la derecha, desde sus irreconciliables extremos hacia el mismo centro socialdemócratacristiano o caladero de votos que cada cuatro años inclina la balanza. Treinta años después, en esta nación desarrollada, europeizada, globalizada y desideologizada en la que las posibilidades de hacer en política cosas diferentes o diferentes las cosas son escasas, así que los herederos de la vieja rivalidad deberían estar de acuerdo al menos en los grandes temas de Estado. Pero si al PP y al PSOE les une más de lo que les separa, hay algo que los reduce a una misma cosa: el ansia irrefrenable de conquistar el poder echando al otro como sea. De ahí la permanente descalificación del contrario, el reproche constante, la bronca perpetua. En suma, el quítate que me pongo. Recuerdan siempre a esas escenas de acción en las que dos tipos duros se disputan a puñetazos el volante de un camión en marcha hasta que uno echa al otro a patadas por la ventanilla. Todo vale, sí, pero nunca hasta ahora se había llegado al aberrante extremo de aliarse con el enemigo con tal de aislar al adversario. Ante este anómalo (y peligroso) ejercicio del juego político, uno se pregunta por qué no se fundirán ambos partidos en uno para compartir el marrón de gobernar este país como los buenos socios que deberían ser quienes aseguran perseguir lo mejor para sus ciudadanos. Un gran partido democrático empleando toda su fuerza en gestionar bien la vieja piel de toro no sería peor que estos dos desperdiciando las suyas en una pelea sin tregua que acabará rasgándola. Así no tendrían que pactar con el diablo para mantenerse en el poder a toda costa, se ocuparían de los asuntos que importan de verdad a la gente y tomarían las decisiones necesarias sin temor al qué votarán. Así, la arraigada creencia popular de que todos los políticos son iguales cobraría un significado positivo, pues unos y otros actuarían al fin pensando en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones. Y así, quizás, el camión en cuyo remolque viajamos todos no acabará volcando debido a que piloto y copiloto no dejan de pegarse por el volante en lugar de mirar por dónde van y adónde nos llevan.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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