LAS recientes elecciones gallegas han demostrado una vez más que, con tal de gobernar, algunos políticos se pasan la voluntad del pueblo soberano por el arco del triunfo, aunque sea robado. Porque las ha ganado y con diferencia el PP, pero la oposición, incapaz de conquistar el poder en las urnas, va y proclama la «victoria del cambio», amaño tan legítimo como antidemocrático que consiste en una coalición postelectoral de perdedores para desbancar al auténtico ganador. Cambio al parecer innecesario en taifas como Andalucía y Extremadura, que continúan en el pelotón de los torpes tras décadas de gobierno del partido tan preocupado por aplicar el cambio del embudo sólo donde son otros quienes alcanzan la senilidad mandando. Volviendo a la tierra del pote, la perversa «interpretación política de las urnas» formulada por los derrotados en ellas («la mayoría no desea que gobierne el PP») es tan retorcida que acaba volviéndose contra los torticeros: más serán entonces quienes no desean que lo haga el PSOE y no digamos el BNG, una de esas minorías que casi nadie quiere que gobiernen pero que acaban sacando buena tajada conchabándose con el segundón y chalaneando hasta conseguir birlarles buena parte del botín (con el atenuante de los cien años de perdón), declarar nación a su terruño y aumentar el saldo de la mala gestión o deuda histérica que al final pagaremos todos. Esta vez la víctima ha sido el PP, pero lo mismo le pasó a CiU y hasta el propio PP, tan contrario a las homobodas, se mostró dispuesto al himeneo con el PSOE con tal de echar de la cama al PNV. Este nuevo pucherazo (potazo más bien) legal propinado en España es un capítulo más del tremendo drama político de los populares: su soledad lunar, tanto cuando gobiernan (sólo si logran la mayoría absoluta) como cuando los dejan en la oposición como a los de Tudela. Un buen motivo para la reflexión autocrítica, sobre todo en esta futura nación riojana donde puede estar cociéndose ya la simbiosis política entre quienes se despachan con el cucharón en olla ajena y los que ponen el cazo exigiendo más consejerías que escaños y más cargos que votos. Y es que entre «comicios» y «comida» hay algo más que homofonía.