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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Compadecer al fumador

Dentro de tres días, por si no lo saben, entrará en vigor la mal
llamada Ley Antitabaco, porque si lo fuera de verdad prohibiría su
fabricación y venta y permitiría irrumpir a los Infumables de Elliot
Ness hacha en mano en los estancos como en las destilerías del Chicago
de los años veinte. Pero esta ley no persigue acabar con el tabaquismo
sino simplemente hacerles la vida imposible a los fumadores en lugares
donde pasan muchas horas por gusto o, peor aún, por obligación. Es la
ley de un Estado hipócrita y cruel. Hipócrita, porque se fundamenta en
la probada maldad del hábito de fumar pero se beneficia de su comercio.
Cruel, porque consiente la adicción que prohíbe satisfacer. Pretender
que una persona habituada a fumarse media cajetilla en el trabajo deje
de hacerlo de repente sólo porque se ha publicado un texto en el BOE es
una gran estupidez condenada al fracaso. Como mucho, conseguirá elevar
el tono de la rencilla entre fumadores recalcitrantes y no fumadores
envalentonados por la legalidad de sus protestas. Decretando esta norma
incumplible (acompañada, eso sí, de un folletito explicando lo fácil
que es dejar el vicio) el Estado se lava las manos y traslada el
problema a los ciudadanos, que allá se las compongan. Pero ni ayuda de
verdad a los fumadores activos a dejarlo ni protege a los pasivos del
humo prohibido que seguirán inhalando. Está claro que las leyes
evidencian el fracaso de la civilización. Casi todas las normativas,
disposiciones, ordenanzas, reglamentos y preceptos que cuelgan de
nuestros tablones son consecuencia de un comportamiento inadecuado.
Sostengo que para evitar todos los conflictos imaginables entre
personas bastaría una sola norma de obligado cumplimiento: «no haga
nada que pueda molestar a otro» (y no digamos maltratar, agredir o
perjudicar). Sería una ley universalmente válida y de artículo único
aunque sólo aparentemente sencilla, pues cumplirla exige el permanente
esfuerzo de prever las posibles consecuencias de nuestros actos en los
demás. No sólo de los grandes actos. Pueden ser tan sencillos como
encender un pitillo. El respeto a las personas que respiran el mismo
aire, por ejemplo, haría innecesaria esta ley Antifumadores, que no
Antitabaco. Aun así, a partir del domingo, me temo, quienes odiamos el
tabaco habremos de compadecer al fumador. Y a los no fumadores tampoco
les deseo un feliz año nuevo porque hasta ahora ninguno lo ha sido y
2006 tampoco lo será ni para los agraciados en la lotería.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

Sobre el autor

Haro, 1953. Doctor en Medicina especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología jubilado en 2018, ya escribía antes de ser médico y lo seguirá haciendo hasta el final. Ha publicado varios libros de relatos y novelas y ha obtenido numerosos premios literarios y accésits. El bisturí es una columna de opinión que publica Diario LA RIOJA todos los jueves desde 2004.