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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Opiáceos

La célebre sentencia de Karl Marx: «La religión es el opio del pueblo», está hoy tan caducada como el socialismo utópico que concibió. Pues aquel potente analgésico, pionero en la historia del adormecimiento de la conciencia social de la humanidad, se ha visto superado con el tiempo por otros derivados opiáceos cada vez más eficaces, exentos además de los efectos adversos provocados por esnifar incienso (represión sexual, sentimiento de culpa, alucinaciones celestiales, etc.). El hombre, en su comprensible afán por distraerse de la terrible tragedia de su existencia, no cesa de investigar en nuevos calmantes, sedantes y somníferos de la conciencia, no ya social sino individual, que le permitan aguardar su final sin tener que pensar en él (ni en nada). Hace medio siglo el laboratorio de la analgesia popular inyectó en las viviendas televisión, un opioide sumamente adictivo cuya poderosa acción estupefaciente (y estupifaciente) ha terminado produciendo un efecto devastador en la inteligencia colectiva, agravado por la adulteración putrefactiva de la telebasura. Más tarde, el bienestar económico propició la esnifada de consumismo, un psicotrópico de efecto corto pero dulce y generador de endorfinas euforizantes. Ya en la era electrónica, la industria de la anestesia social ha incrementado su arsenal con nuevos preparados entontecedores como videoconsola, móvil o internet. Sin embargo, estos hipnóticos de última generación no han logrado desplazar de su prestigioso puesto en el ranking de narcóticos de masas al fútbol, auténtico heredero del papel que Marx otorgó a la religión. Un siglo después de su invención, y a pesar de su sencilla fórmula (tipos pateándose entre sí y a una pelota) este derivado mórfico conserva intactas sus propiedades alienantes de la conducta tribal: total sumisión emocional a las correrías de los tipos por la pantalla, apoyo irracional a los propios aunque sean peores, entusiasmo histérico tras su victoria o agresiva frustración tras la derrota, parálisis general, crisis de pánico, amnesia total de los problemas, etc.). Ciertamente, no hay mejor inductor del coma colectivo que un partido del equipo local, droga capaz de tensar al límite los músculos, espasmar las coronarias, destrozar los nervios, agotar las cuerdas vocales y anular la mente del aficionado en pleno colocón, mientras la muerte aguarda pacientemente tras el sofá el momento de pitar su final, sin ninguna intención de conceder esos minutos de descuento en los que aún es posible la salvación.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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