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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Salvar los muebles

Macho y hembra son palabras que nuestro idioma reserva para definir al animal de sexo masculino y femenino, respectivamente. Para las personas utilizamos varón y mujer, de manera que llamar macho a un varón es tan insultante a su dignidad humana como decirle hembra a una mujer. Pero nuestra sociedad, con el beneplácito del DRAE, sólo admite el término machismo («actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres»), pero no el hembrismo que definiría su viceversa, ni el masculinismo opuesto al feminismo, como si la prepotencia femenina hacia los varones no existiera. Y no sólo existe sino que su avance es tan imparable como arrogante: ¿se imaginan lo que dirían algunas si con el periódico del sábado le endosaran una revista titulada Varón hoy o si para agasajar a un mandatario extranjero el vicepresidente del gobierno organizara una cena sólo para hombres? Tras su progresiva adquisición de alma, sufragio y pantalón a lo largo de los siglos, la moderna señora aspira ya a derribar al varón de su pedestal dominador para ocupar su lugar. Ya no desea igualdad sino superioridad y el poder que le fue negado desde la aurora de los tiempos, y en las próximas décadas esa lícita ambición barrerá literalmente de sus puestos al género masculino, sumido en inevitable decadencia tras siglos de hegemonía; sólo hay que ver la aplastante mayoría de chicas en las aulas de las Facultades para darse cuenta de que el XXI será, al fin, el siglo de la mujer. Esta alternancia sexual en la superioridad social a todos los niveles es necesaria y urgente, pues sin duda el mundo es la mierda que es porque siempre fue dirigido por hombres. Retirémonos, pues, y que ellas tomen las riendas. Que copen todos los puestos importantes de la política, la economía, la cultura, la religión, la judicatura, la ciencia y la milicia. Las señoras al marrón de mandar y los escarmentados señores a comprar, llevar niños al cole, cocinar, planchar, reclamar revisiones de próstata, consolarse mutuamente en torno a un café, enviudar pronto y acusarlas de hembristas. Injustamente, porque sólo un mundo de presidentas, papisas, generalas, directoras, banqueras, científicas, filósofas, juezas, médicas, artistas, empresarias, campeonas y funcionarias tendrá alguna posibilidad de subsistir en el futuro. Algunos machotes adictos a la firma se lo ven venir y están promoviendo aprisa normativas y leyes de paridad que les permitan salvar los muebles. Total, para acabar quitándoles el polvo.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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