Blogs

Fernando Sáez Aldana

El bisturí

«…Y viviréis en comunidad»

El libro del Génesis se ocupa del pecado original y del consecuente castigo impuesto a nuestros protogenitores A y E, pero oculta algo al respecto. Lo que nos cuenta es que Jehová por su mano plantó un huerto de recreo que llamó El Edén donde, amén de frutales corrientes, hincó un manzano cuyos frutos permitirían al consumidor discernir el bien del mal. Pero, cansado de tanto crear, del barro modeló un mediero que puso al frente de la mejana con la prohibición de arramblar con las manzanas de la ética. En cuatro días el jornalero reclamó incremento de plantilla porque según él no ovigaba y entonces Jehová le extirpó una costilla flotante con la que le armó una compañera que además de ser un hueso hizo amistad con una pitón parlanchina que la incitó a incitar al huertero a catar la fruta prohibida. Los infelices picaron y, presos de la más estricta moral, corrieron a esconderse entre nabos y brevas para ocultar sus vergüenzas. Mas el Terrateniente les pilló y los expulsó de la finca tras imponerles penas tan graves como parir con dolor y ganarse el pan con el sudor de su frente, respectivamente. Con el tiempo, sin embargo, los descendientes del mediero y su apéndice costal nos las apañamos para burlar la doble maldición divina inventando la epidural y los sindicatos. Pero el viejo tahúr de Jehová se había guardado un as en la manga del blusón: la implícita condena de la humanidad incipiente a convivir estrechamente, desde el aula de preescolar a la residencia de asistidos, pasando por familia, equipos, asociaciones, empresas y comunidades de vecinos, terrible anatema de dimensiones bíblicas que día tras día flagela a quienes no pueden vivir como Dios en una finca tamaño edén. Pues cuando papás A y E le desobedecieron por conocer el bien, Jehová determinó que se iban a enterar de lo que era bueno. Y, sabiendo como bien sabía que los homo resultantes de la pareja seríamos homini lupus, nos metió en colmenas repletas de convivientes que procuramos hacernos la vida más difícil todavía ejerciendo el comportamiento propio de una raza originalmente incapacitada para la convivencia: intolerancia, egoísmo, irrespetuosidad, envidia, mezquindad o simple mala educación. El astuto Jehová sabía que con el tiempo seríamos capaces de parir sin dolor o de subsistir sin hincarla, pero nunca de soportarnos tan cerca. He ahí el auténtico castigo por el pecado original que nunca podremos perdonar al mediero de El Edén y a la amiga flotante de aquella pitón verbenero que nos la armó bien armada.

Temas

Por Fernando SÁEZ ALDANA

Sobre el autor