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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Al fondo a la derecha

Aviso: esta columna puede provocar náuseas. Y no por tratar temas como el apoyo popular al asesino terrorista, la prostitución infantil, las guerras tercermundistas, la telebasura de cotilleo o los rifirrafes políticos. No. El que me propongo reproducir en la boca de sus entrañas es un asco esencial, una repugnancia sensorial en estado puro tan cotidiana como la que nos aguarda a los varones cuando la vejiga llena o un inoportuno apretón nos obligan a refugiarnos en un retrete público para dar libre curso a nuestros desagradables residuos. Verán. En el desarrollo mingitorio masculino se distinguen cinco etapas; en la primera el bebé se hace pipí tendido en el pañal, en la segunda el niño aprende a dominar su esfínter sentadito en orinal y cuando lo consigue comienza la gloriosa etapa de la micción en bipedestación, privilegio exclusivo del macho adulto. Los primeros avisos de la próstata (debilidad y prolongación del chorro, goteo final, etc) inician la involución simétrica que en una cuarta etapa vuelve a sentarnos, con grandes posibilidades de volver al pañal en la quinta. Pues bien, para orinar civilizadamente de pie se precisa destreza en el manejo de la práctica manga que la naturaleza nos ha proporcionado para dirigir el chorrito a voluntad. Vaciar la vejiga a medio metro de la boca del inodoro sin rozarlo o salpicar parece tarea fácil pero la realidad es muy otra. Y muy sucia. Ni el acierto más impecable en el teórico blanco (pues suele encontrarse jaspeado en marrón) está exento del rocío periurinario, ampliado por el enérgico meneo con que ha de agitarse el boquerel para intentar eludir el infalible axioma de Platón («la última gota va al pantalón»). El hecho es que bien por falta de puntería, de paciencia, de civismo o de resignación, muchos váteres de bares, cafeterías y restaurantes son inmundos muladares que revuelven la consumición en el estómago, y les ahorro la descripción cuando las aguas mal gestionadas son las mayores. Ya sabemos que si en los lugares públicos hay guarrería es por que hay guarros y que no es posible disponer un vigilante detrás de cada individuo incapaz de sentarse, levantar la tapa, vaciar la cisterna o usar la escobilla. Pero esto no exime a los hosteleros de mantener en todo momento presentables los lugares donde la gente también descome y desbebe. Antes de sentarnos a la mesa de un restaurante o de consumir en una barra deberíamos visitar el servicio, porque si fuese una apestosa letrina enmerdada hasta la greca a saber cómo estarán los menajes, los fogones o las manos de quienes no de-muestran interés por la higiene las más de las veces al fondo a la derecha de su establecimiento.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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