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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Incompetencias

Existen cuatro categorías de individuos según su nivel de competencia, entendida como aptitud o idoneidad para realizar una tarea o desempeñar un puesto: el competente inconsciente, el competente consciente, el incompetente consciente y el incompetente inconsciente. El primero no sabe que sabe, el segundo sabe que sabe, el tercero sabe que no sabe y el cuarto no sabe que no sabe. Aclaremos el trabalenguas con el ejemplo de conducir un automóvil. El conductor competente inconsciente guía sin darse cuenta, sin pensar cada gesto como cambiar de marcha, frenar, indicar, etc. Es el experto. El competente consciente sabe lo que debe hacer para conducir pero necesita concentrarse en los mandos de su vehículo antes de utilizarlos. Es el inmaduro. Por su parte, el incompetente consciente es el que quiere aprender y para ello se matricula en una autoescuela. El principiante. Finalmente, el incompetente inconsciente es el que se cree capaz de conducir sin el conocimiento ni la habilidad necesarios y un día se pone al volante sin carné. Es el temerario, un peligro para los otros. Esta tipificación puede aplicarse al ejercicio de todos los oficios y profesiones del ser humano y desde luego el grado de aptitud para ejercer la excelencia o la chapuza en cualquier área de actividad depende en gran parte de la formación recibida, pero su carencia puede suplirse a base del talento y las cualidades innatas que no pueden adquirirse en ningún aula; el mundo está lleno de triunfadores autodidactos y fracasados cum laude. Pues bien, aplicando la clasificación susodicha a los presidentes del gobierno de España desde 1976 tengo la impresión de asistir a una imparable caída de la figura en picado por los desniveles de la competencia: Suárez supo sin saberlo, González bien sabía lo que sabía, Aznar sólo sabía que no sabía y Rodríguez pues eso. Así que cómo va a ir el ómnibus donde éste nos lleva a todos: atropellando por las aceras, arreándoles a los aparcados, derrapando en las curvas, equivocándose de pedal, rascando las marchas, saltándose semáforos, cediendo preferencias, acelerando cuesta abajo y yendo más pendiente del retrovisor que del camino en un aventurado viaje sin mapa ni destino que sólo acabará cuando se agote el combustible. Si antes, claro, no nos hemos estrellado contra un pretil o despeñado por un precipicio en lo que nuestro risueño ignorante de su necedad consideraría, sin duda, un trágico accidente. Menos mal que en este país ya hay muchas incompetencias transferidas a las neotaifas. Qué sería de nosotros con todas ellas en manos del peor gobierno de la democracia, opinado sea con hondo pesar y disgusto. Ojalá fuese el mejor. Ojalá lo fuesen todos.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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