En Occidente estamos tan escarmentados de guerras y matanzas que salvo para esa belicosa tribu de trogloditas con chapela que tenemos al otro lado de la sierra Cantabria la violencia es culturalmente reprobable. El antiguo Ministerio de la Guerra es ahora de Defensa y nuestros militares ya no ocupan países armados hasta los empastes para masacrar al enemigo sino para desplegar obras de misericordia. El eslogan de los 60 “haz el amor, no la guerra” se incorporó al cariotipo de los jipis de tal modo que sus hijos, los pijis, ya heredan el pacifismo en el mismo lote genético que el color del ojo, la tasa de colesterol o los pies planos. Hoy la decencia social exige declararse antibelicista y rechazar toda forma de maltrato, acoso, abuso, vejación o sevicia. Violencia, es la palabra de moda. Cascar a la parienta es ahora violencia de género, rechazar a un gitano violencia racial, a la maldad humana llaman violencia global y un violento ya no es un tipo propenso al grito y al portazo sino un terrorista que aún no ha matado a nadie con sus propias manos. Sin embargo, ahí están el mismísimo Jesucristo zurrando a los mercaderes en el templo, John McClane liquidando terroristas en el Nakatomi Plaza, el tío Sam cagando bombas atómicas sobre monoamarillos civiles o, sin ir más lejos, Emilio el de la maza, sublimación patriótica españolista de Manolo el del bombo, cargándose la borriko taberna de Lazcano como represalia contra los “violentos”. Los violentos malos, se entiende. Porque ahora, insisto, somos todos más pacíficos que Gandhi y el Poverello juntos y si hace falta nos echamos a la calle contra cualquier forma de violencia porque es lo socialmente correcto, lo que viste, lo progre, lo que mola. Pero no es cierto que nos repugne el uso de la violencia sino que sean precisamente los que se la merecen sin misericordia, los malos, quienes la ejerzan. En el cine nos duele la brutal violación de la niña, la tortura del sádico a su víctima maniatada, la ejecución a sangre fría del rehén, el nuevo crimen ritual del asesino en serie o el noqueo del héroe por el boxeador tramposo como si las víctimas fuesen de nuestra familia. Pero cuando se vuelven las tornas, las tortas más bien, y el papá de la niña capa al violador con un corquete sin anestesia, el ex torturado ahorca con una cadena a su verdugo, el poli justiciero va liquidando a sangre fría a los secuestradores uno por uno, la silla eléctrica achicharra al psicópata y las coces del púgil bueno convierten el rostro del otro en una breva sanguinolenta y tumefacta, el patio de butacas disfruta con la brutalidad ejercida en nombre de la santa ira, la defensa propia, el ojo por ojo, la justa venganza. Y al aprobar la bestialidad como respuesta a la barbarie muchos pretendidos pacifistas demuestran pertenecer en el fondo a una de las peores clases de violentos que existen: la de los cobardes, agazapados detrás de matones buenos que den su merecido a esos matones malos frente a los que ellos nunca fueron capaces de oponerse con la fuerza de la razón porque siempre temieron la razón de su fuerza.