Aunque científicamente parece indiscutible que los estímulos eléctricos desencadenantes de las decisiones humanas se producen en el encéfalo, una interpretación literario-filosófica de esta elevada función asigna la facultad de impulsar acciones a otras tres regiones anatómicas: el corazón, el mondongo y los genitales. Pero, mientras que el cerebro toma decisiones guiado por la razón, aún equivocada, los otros órganos lo hacen obedeciendo al sentimiento, al albedrío y al instinto, respectivamente, trazando un paralelismo jerárquico descendente entre la superioridad intelectual y la meramente física. Así, decimos que alguien ha actuado con cabeza, de corazón, con las tripas o por cojones, recorriendo en menos de ochenta descendentes centímetros la escala evolutiva del millón de años que separan al homo sapiens del macaco. Así, decimos que alguien es cerebral, cordial o visceral dependiendo de la primacía de uno de los órganos rectores de su conducta respecto a los otros. Pues bien, la mayoría de los españoles, creo, pertenece a la tercera categoría, la de quienes no suelen actuar en consecuencia con sus pensamientos sino impelidos por emociones tan intensas como pasajeras e irreflexivas.
Pues, raciocinando sobre lo que le está pasando a nuestra declinante clase política, extraigo las siguientes hipótesis, diferenciadas de «son todos unos chorizos» y otras conclusiones alcanzadas con el miocardio, el hígado o los genitales:
Así que menos corazonada, menos bilis, menos huevosterona y más juicio para para reconocer este problemón nacional, voluntad de solucionarlo y capacidad para conseguirlo. En resumen: más cabeza.