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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

La ciudad de los pródigos

Cuando viajamos a una ciudad del extranjero podemos explorarla bajo dos miradas. La principal es la del turista, visitando guía en mano los principales lugares de interés: monumentos, templos, museos, parques y construcciones civiles de notable valor histórico o artístico. Catar la gastronomía local y la inevitable tarde de compras completan la típica escapada vacacional a cualquiera de esas grandes capitales europeas que siempre quisimos conocer. Pero es inevitable contemplarlas también como ciudadanos, observando los servicios municipales o el funcionamiento urbano y comparando con el sitio donde vives. Desde este punto de vista, me llama mucho la atención, por ejemplo, la iluminación de las calles. En avenidas bien céntricas de Londres, París, Viena o Múnich cuelgan un miserable foco de dos cables tendidos sobre los cruces y gracias, mientras que aquí hasta los polígonos industriales están profusamente iluminados por miles de farolas toda la noche. Con respecto al «problema» de las bicis, en ciudades donde el ciclista es el rey no se rompen la cabeza diseñando absurdos carriles independientes sin continuidad: en las aceras, modestamente asfaltadas y libres de obstáculos como farolas, papeleras, bancos, contenedores o marquesinas, pintan una raya blanca que separa los territorios de ciclistas y peatones que todos respetan, y a correr.

Cruzando a la otra orilla del mundo civilizado, en las zonas residenciales americanas cada cual es responsable de cuidar el césped frente a su casa y, al igual que en muchas urbes europeas, los camiones recogen los residuos orgánicos una vez por semana y los otros cada quince días. Los ayuntamientos no se gastan buena parte del presupuesto en entretener, subvencionar o mantener en forma a sus ciudadanos y los servicios municipales son los imprescindibles para conservar decentes con poco gasto las calles gracias al civismo de los peatones. Creo que aquí sobran mobiliario urbano y muchas prestaciones costeadas con nuestros impuestos, pero mi servicio prescindible favorito es el que presta ese vehículo de limpieza viaria especializado en barrer las orillas de las calles. Se trata de un ruidoso artilugio motorizado provisto de unas escobillas circulares que a las siete de la mañana pasa por tu barrio cepillando junto a los bordillos de unas aceras sembradas de envoltorios, colillas, cáscaras y cagarrutas perrunas que en cambio nadie limpia y que incluso pueden empeorar tras el paso de este absurdo artefacto que para servidor simboliza el despropósito nacional de gastar lo que no se tiene en superfluidades. Lo de Haro, París y Londres sería hace un siglo. Qué más quisiera ahora la mismísima «ciudad de la luz» presumir de tanta.

 

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

Sobre el autor

Haro, 1953. Doctor en Medicina especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología jubilado en 2018, ya escribía antes de ser médico y lo seguirá haciendo hasta el final. Ha publicado varios libros de relatos y novelas y ha obtenido numerosos premios literarios y accésits. El bisturí es una columna de opinión que publica Diario LA RIOJA todos los jueves desde 2004.


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