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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

La merienda sí tiene enmienda

Va para cuatro meses que, aplicando el artículo 155 de la Constitución, Rajoy destituyó a Puigdemont y comparsa y el gobierno de España asumió la gestión de la comunidad autónoma española más transferida. Y, oigan, durante todo este tiempo, además de permanecer la calle catalana como la seda, ¿acaso han dejado de cobrar los funcionarios, sediciosos incluidos? ¿Han dejado de funcionar los hospitales? ¿Los colegios? ¿Los juzgados? ¿Las empresas, los comercios? ¿El transporte público? ¿El Liceo? ¿Los semáforos?

La respuesta es no, y Cataluña seguirá vivita y funcionando —igual hasta mejor— a pesar de ese cáncer de politicastros regionales y sus metástasis en Waterloo, Suiza o Estremera (a ver si se exilian todos y no vuelven: huido el perro se acabó la rabia). Porque lo único que sabe hacer el cáncer es desarrollarse incontroladamente, minar la salud del resto del cuerpo y, si no se extirpa, matarlo.

Unos políticos nacionalistas catalanes juegan a la independencia, se pasan de la raya, el gobierno del Estado al que pertenecen los destituye y un señor que vive en Madrid y trabaja en el Tribunal Supremo los enchirona. ¿Qué más tiene que pasarle a esta gente para contactar con la realidad? Es alucinante, pero lo peor es que quien los echó, que era lo difícil, al mismo tiempo les puso en bandeja volver a las andadas. A ver cuándo nos enteramos de que los nacionalistas tiran a la independencia tan inevitablemente como las cabras (y los cabrones) al monte, no saben hacer otra cosa, está en su código genético.

Pero, como argumentaba al principio, de este insoportable embrollo se puede y debemos extraer una valiosa enseñanza: la terapéutica aplicación del 155 en una Comunidad Autónoma enferma está demostrando que no pasaría absolutamente nada si se suprimieran ésta y todas las demás. Que, por su propia supervivencia, la única reforma urgente que necesita la Constitución de 1978 es su Organización Territorial del Estado, porque ha quedado demostrado que el Título VIII era el decimoctavo pasajero de la nave Nostromo donde ha viajado el Alien del secesionismo. Si la mayoría de los españoles decidiesen en referéndum que no quieren más desorganización territorial en diecisiete taifas que van cada una por su lado y que encierra el germen de la desigualdad y la desintegración nacional, habrá que suprimirlo.

Efectivamente, todos tenemos derecho a decidir. Pues ejerzámoslo. Reconozcamos que, con ser grande la equivocación del Título VIII, la contumaz perseverancia en el error es mucho peor. Ya no tienen la culpa de esta merienda de negros en que se ha convertido la España de las Autonomías los padres de la Constitución que la redactaron, sino los hijos que nos empeñamos en sostenella y no enmendalla.

 

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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