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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Brechas

Más muchas que muchos han calificado el 8-M de jornada histórica, aunque quizá fue más histérica, valga la redundancia etimológica (histeria proviene del griego hystéra, útero). Las entusiastas del presunto éxito de la convocatoria no encuentran palabras lo bastante entusiásticas, bombásticas y encomiásticas para valorar el hito histórico, el antes y después, el acabóse y el empezóse una nueva era en que las oprimidas féminas han roto al fin sus cadenas rebelándose contra los machos dominantes. ¡Arriba, tías de la tierra!, sí señor. Basta de dominación masculina desde Adán. El 8-M comenzó la revolución que permitirá a las mujeres mangonear el cotarro global, arbitrar partidos de la Champion, aporrear exaltados en las manifas, dirigir la Filarmónicas de Berlín y hasta sentir el aleteo del Espíritu Santo sobre la cónclava de la Capilla Sixtina. ¡Amigas del Primer Mundo, uníos!, pues la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad, la Justicia, la Solidaridad, la Verdad, la Bondad, la Felicidad, las cosas más hermosas de la Vida son femeninas (la Injusticia, la Mentira, la Desgracia, la Maldad, la Enfermedad y la Muerte también, pero no seamos aguafiestas).

Las palabras clave en las pancartas, soflamas y consignas del 8-M fueron «igualdad» y «brecha». No creo que la desigualdad, mayormente retributiva, sea la espoleta de la explosión feminsta. En las calles había también muchas que nunca cobraron nada o que cobran lo mismo e incluso más que ellos, así que sólo por eso no sería. Y con respecto a las manoseadas brechas, hay una tan genuina de género que define anatómicamente a las hembras de todos los mamíferos como un incómodo colgajo en el mismo sitio define a los machos, y ningún igualitarismo podrá evitarlo.

El Índice WPS de Paz y Seguridad de las mujeres que elaboran prestigiosos institutos de Georgetown y Oslo sitúan a España entre los cinco países del mundo de 153 donde mejor viven las mujeres. ¿Entonces? Parece que aquí se ha desatado un vendaval imparable de protestas colectivas que revelan hartazgo, insatisfacción y cabreo, infelicidad en definitiva. Esta quejumbre nacional está fomentada por una cultura instalada en la exigencia, la reclamación y un victimismo a todos los niveles: doméstico, laboral, social e institucional. Pensionistas, mujeres, bomberos, policías, médicos, cazadores, españoles todos, tomad las calles porque ha sonado la hora de quejarse, aunque sea de vicio. Con una excepción: los autónomos. A pocos verán agitando el cartel o tocando el pito en una manifestación porque, si ni currando de sol a sol logran cobrar muchas veces, cerrando la tienda ni les cuento. La que separa lo facturado de lo cobrado es una brecha que ni la de Rolando.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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