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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Sin perdón

«Matar a un hombre es algo muy duro; le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría tener…». (Clint Eastwood, Sin perdón).

En el ámbito civil de nuestra cultura de la corrección, la palabra perdón, o mejor dicho, el concepto que encierra, están muy devaluados. Es la coletilla que usamos antes de preguntarle algo a un desconocido sin ánimo de molestar, o para disculpar el roce de nuestro cuerpo con el de otro, o para exigir a un niño que reconozca lo mal que se ha portado sabiendo que solo con pronunciarla quedará exculpado. Por otro lado, el concepto católico del perdón es la absolución de los pecados tras los preceptivos arrepentimiento-contrición, confesión y cumplimiento de la penitencia que da nombre al sacramento, con lo que la cartilla de los puntos se queda de nuevo en cero.

Gustavo Bueno distinguió con lucidez entre el vacío convencionalismo social del perdón y el arrepentimiento, que para el polémico filósofo no es el cosquilleo del remordimiento sino la negación del propio ser, por lo que su única salida sería el suicidio (como hacen muchos parricidas, infanticidas y suegricidas ejemplarmente arrepentidos).

Todo en la triste historia de ETA es miserable. Igual de miserables han sido los desalmados ejecutores de los crímenes que los despreciables políticos que los justificaban que los indignos ciudadanos que jaleaban las hazañas de los asesinos y votaban a sus voceros. Los matones, sus compinches y sus simpatizantes fueron miserables en los años de plomo, lo han sido en las treguas-trampa y siguen siéndolo incluso cuando simulan pedir perdón sin sentir arrepentimiento. Y aunque lo sientan: «El arrepentimiento no es virtud porque no sale de la razón. El hombre que se arrepiente es doblemente miserable» (Spinoza).

Cuando sus discípulos le preguntaron a Jesús cuántas veces debían perdonar a sus ofensores, ¿quizá siete?, les contestó que «hasta setenta veces siete» (Mt 18:22), así que son 490 veces, lo que deja a los verdugos etarras, a sus justificadores y a sus aplaudidores sin perdón posible. Además, toda esa inmundicia humana no merece el perdón sino la condena permanente y no revisable al desprecio de sus víctimas y de todos los ciudadanos moralmente decentes.

No caigamos en el error de entrarles al trapo del perdón-trampa. A un canalla no se le puede exigir que sienta verdadero arrepentimiento porque aunque lo proclame será falso. Yo estoy con Bueno y Spinoza. Si de verdad se arrepienten de lo que han hecho, dado que aún conservan las pistolas ya saben donde tienen que apuntar y apretar el gatillo para demostrarlo. Sólo entonces nos lo creeremos.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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