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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Alarma

Se desconoce dónde está instalada, cómo y quien lo hizo. Nadie la ha visto u oído, pues carece de sirena estridente y luz roja. Tampoco se sabe quién acciona el dispositivo que la pone en marcha, ni cuándo ni por qué. Pero para ese mundo socio-político-mediático-reticular paralelo al de la gente normal y corriente, la alarma social existe y no para de sonar.

Una alarma es un aviso de que se acerca un peligro, real e inminente o temido por posible aunque puede que improbable. También es el medio empleado para propagarla, antaño campana, tambor o almenara y hogaño, mayormente, las redes fecales y los medios de comunicación. Los sociólogos entienden por «alarma social» el desasosiego, recelo y/o miedo provocados por el comportamiento de otras personas. Y en los últimos tiempos de esta cutre sociedad de baja estopa que estamos confeccionando, entre esas personas ocupan un lugar preferente los jueces y fiscales encargados de ejercer uno de los tres poderes independientes sobre los que se sustentaría un Estado de derecho.

España es un país plagado de sabelotodos, sabihondos y sabidillos, de gente que no sabe casi nada pero cree saberlo casi todo. Con respecto a mi profesión, la Facultad de Medicina de Google ha producido millones de licenciados y hasta doctores que por haber leído unas líneas divulgativas son capaces de indicar pruebas, alcanzar diagnósticos y prescribir tratamientos cuestionando la experiencia de colegas con décadas de práctica. Pero aún entiendo menos lo de esa gente, se conoce que docta también en leyes, que se echa a la calle segundos después de hacerse pública una sentencia redactada en cientos de folios que nunca leerán —ni entenderían aunque lo hicieran— para condenarla porque no coincide con la suya.

Ha ocurrido con el caso de «La manada» (los chicos no tratan de engañar a nadie: una manada es un grupo de animales que andan juntos), que no caeré en la ligereza de juzgar porque ni estuve en aquel portal ni he asistido a las sesiones de la vista ni he leído la sentencia ni su voto particular. Pero sí diré que la pena impuesta a los susodichos animales no me resulta tan alarmante como que masas de ignorantes jurídicos se agolpen ante los juzgados vociferando contra los magistrados y, más aún, que políticos y hasta el mismísimo ministro del ramo se posicionen tras la demagógica pancarta del populismo justiciero. Sí me alarma, y mucho, que chusmas disconformes con sus decisiones acosen a jueces y a sus familias, que docentes humillen en clase a alumnos por ser hijos de guardias civiles y que los gobernantes navarros apoyen a los matones de Alsasua. Estos graves atentados contra las reglas de juego básicas de la convivencia en democracia sí deberían disparar todas las alarmas en una sociedad sana. El alarmante problema es que la nuestra, al parecer, no lo está.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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