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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

La gente corriente

Quienes han vivido en un chalé aseguran que da dos alegrías: comprarlo y venderlo. En España, donde prima el hacinamiento urbano, la casita independiente en el extrarradio con piscina y jardín para delicia de niños y perro sin incómodos vecinos es el mito burgués del máximo bienestar por excelencia. De nada sirve advertir de sus muchos inconvenientes. Que necesitas coche para comprar, llevar a los niños al cole o acudir al trabajo; que cuidar el jardín y la piscina exige mucho trabajo para cuatro días de buen tiempo, y que una pareja deba invertir buena parte de las rentas del trabajo de toda su vida encadenados a una hipoteca a la que puede que no sobrevivan, mayormente él.

Para que encima venga un presunto antisistema y anticapitalista llamando ricos, especuladores o blanqueadores a los que habitan una vivienda independiente y en cuanto pueda haga lo mismo, naturalmente no para delinquir como ellos sino para fundar un confortable hogar. Aparte de la flagrante contradicción entre prédica y práctica, la pareja Iglesias-Montero ha caído de bruces en la trampa originaria de la burbuja inmobiliaria: en vez del recibo mensual del alquiler pagas el de la hipoteca y encima te haces con un patrimonio. Hace falta, claro, que un banco te preste medio millón de euros, pero dos buenas nóminas son suficientes si se dispone de un aval tan sólido como pertenecer a la casta política profesionalizada.

El alcalde de Cádiz, don José María González Santos, alias Kichi, ha liderado la crítica a sus jefes por entramparse para comprar el chalé alegando que así no vive «la gente corriente» a la que dice representar su partido. Mire, señor Kichi, a la gente corriente no le gusta apretujarse en 40 m2 como a usted. La gente corriente vive de forma tan corriente porque no puede hacerlo de otra manera. Incluso con un sueldo justito o una pensión miserable, mucha gente corriente se gasta un eurito diario sellando la apuesta que atiborre de millones su cuenta ex corriente para dejar de ser tan corriente y vivir a cuerpo de rey en un casoplón con jardín, piscina y haiga, aislado de esa peste de la gente corriente.

No se equivoque, Kichi: en cuanto han podido, su presidente y su portacoz han dejado de ser gente corriente y dos tercios de sus seguidores lo aprueban porque también querrían dejar de serlo y vivir como ellos. Lo siento por usted y sus podemitas ultraortodoxos con voto de apretura pero los españoles a los que ustedes llaman conservadores —y fascistas si te descuidas— porque tenemos una propiedad privada que conservar respiramos tranquilos. La revolución comunistoide con la que Iglesias nos amenaza cuando actúa ante las cámaras puede esperar, al menos los treinta años de la hipoteca. Y no se lleve mal rato, a la parejita ya sólo le queda una alegría. De dos.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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