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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Viajes «El sablazo mafioso»

Siguiendo el vigente modelo informativo de noticias de usar y tirar como moqueros desechables, que en días pasan de acaparar toda la atención al olvido absoluto, le tocó el turno a la odisea del Aquarius. Por si ya no lo recuerdan (hace ya la eternidad informativa de dos semanas), era aquel barco atestado de migrantes africanos abandonado a su suerte en el Mediterráneo hasta que el presidente Sánchez vio en él la oportunidad de apuntarse un tanto siguiendo una política de gestos al más puro estilo zapatero.

Durante unos días, todos los medios contaban la historia del Aquarius la iniciaban en alta mar, donde 629 «migrantes», entre ellos mujeres, embarazadas y niños, parecían haber surgido de las profundidades en busca de una tierra de asilo donde iniciar una vida mejor lejos de la miseria y la violencia de sus países de origen, etc. Pero ni uno sólo contaba cómo aquellas personas habían llegado hasta allí, hacinadas en una embarcación a la deriva en un mar fronterizo entre el infierno y el paraíso, a miles de kilómetros de su casa. Pues resulta que esas frágiles gabarras las fletan mafias criminales que cobran hasta 3.000 euros por pasaje, el triple de lo que cuesta el camarote más caro de un crucero semanal por el Mediterráneo, con una facturación anual de 4.000 millones de euros (2015). Sólo los más pudientes de Mali, Níger, Eritrea o Somalia pueden costearse lo que las mafias les venden como un pasaporte seguro a la tierra prometida europea. Los que más sufren la miseria, la violencia, etc. de sus países son los que se quedan, sin importarles un pimiento ni a Pedro Sánchez. Y los que embarcaron en el Aquarius no fueron capturados en la selva y obligados a embarcar encañonados como los antiguos esclavos, lo hicieron voluntariamente tras pagar un pasaje y esto hay que decirlo aunque chirríe con los sentimientos mejor intencionados de ese buenismo benefactor.

El mismo día que el gobierno explotaba su espectacular golpe propagandístico apelando a «razones humanitarias» para atraer inmigrantes que se encontraban a muchas millas y recibirlos como a héroes, otros desgraciados se ahogaban frente a la Costa del Sol y a los que salían ilesos de la verja de Ceuta los internaban en campos de concentración camuflados de «centros de acogida temporal» repetidamente denunciados por Amnistía Internacional por sus condiciones carcelarias.

Las imágenes del joven inmigrante haciéndose un selfi exultante de gozo tras desembarcar en España es el mejor spot publicitario que los agentes de las siniestras agencias de viajes negreras pueden mostrar a sus potenciales clientes.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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