Blogs

Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Pesadilla de una noche de verano (II). El consentimiento.

Él tenía treinta y pocos y ella ventimuchos. Los dos mileniales sin compromiso, digitales adictos y practicantes del carpe diem coincidieron aquella noche en un antro de moda donde verse era casi tan difícil como oírse pero solo buscaban marcha y después de la tercera copa la encontraron. Intercambiaron tonterías, se morrearon un poco y abandonaron el tugurio poseídos por el mismo deseo y cogiditos de la mano. Aquel finde él estaba solo en el piso y allí se encaminaron. Ambos sabían a qué pero eso nunca se habla. Ya despelotados en el catre iniciaron el ritual de caricias, susurros, lametones y chupeteos y cuando la cuenta atrás del cohete alcanzaba el punto de no retorno él pegó un respingo, ¡joder, tía, el consentimiento!, encendió la luz, abrió la mesilla y sacó un papel y un boli, anda, léelo y firma aquí antes de que esto se venga abajo. Entre curiosa y perpleja, ella lo acercó a la lamparita para ojearlo:

 

Documento de Consentimiento Informado de Tocamientos (COITO)

Yo, Fulanita de Tal, mayor de edad, con DNI Nº… declaro haber leído el presente documento que me ha presentado Menganito de Cual y consiento en mantener con él una relación sexual incluso completa, asumiendo los siguientes riesgos típicos: insatisfacción (anorgasmia), contraer una enfermedad contagiosa y embarazo no deseado, además del personalizado de gatillazo.

 

En segundos la alcoba pasó de horno a frigorífico, ¡tío, pero de qué vas! ¿qué coño es esto? protestó ella, y a él se le pasó por la cabeza contestarle pues eso, tía, el tuyo, que no es ninguna broma, pero se aguantó también esas ganas, mira, a mí me apetece seguir lo mismo que a ti pero si no firmas hemos terminado, y ella ¡pero tío, no me jodas! y él pues eso es lo que va a pasar si no das tu consentimiento, que no nos conocemos de nada y yo no me arruino la vida por un polvo, es lo que hay, tía.

La tía dijo que no firmaba y le tiró el papel al suelo, el tío lo recogió, lo devolvió al cajón, pues bien que lo siento, tía, y se puso a buscar sus calzones. Ella lo llamó pringao, friki y trolazo entre dientes mientras se vestía pero él se encogió de hombros, y de todo, fingiendo no haberlo oído. Muy cabreada, la chica recogió su bolsito y se largó pegando un portazo que hizo temblar al picadero.

 

(O cómo el Estado metomentodo, en manos de un gobierno ávido de intervenir aún más en la vida y hasta en la cama de la gente, acabará convirtiendo una de las actividades humanas más íntimas y placenteras en una de las más peligrosas y con mayor repercusión pública).

Temas

Por Fernando SÁEZ ALDANA

Sobre el autor