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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Pesadilla de una noche de verano (y V). Un mundo casi feliz.

Agencia EME, Madrid. Hoy, 24 de diciembre de 2023, se cumple un año del inicio de la llamada Tercera Guerra Mundial que, a diferencia de las dos anteriores, no fue de trincheras ni bombardeos sino tecnológica, aunque más destructiva. El ciberataque masivo lanzado en plena Nochebuena por un ejército inmenso de hackers chinos a sueldo del gobierno de Pekín contra satélites de telecomunicaciones, nubes mundiales de almacenamiento de datos, macroservidores de internet y servicios informáticos de los servicios secretos de las principales potencias occidentales desencadenó un caos planetario que acabó para siempre con todos los sistemas operativos. Las grandes corporaciones de comunicación quebraron, las bolsas de todo el planeta se desplomaron y quien lo tenía perdió su dinero pero, todavía peor que eso, su televisor, su ordenador, su Tablet y su smartphone. La súbita deprivación mundial de internet, telefonía móvil y redes sociales provocó multitud de suicidios de tuiteros, youtuber, influencer y simples enganchados y millones de civiles quedaron afectados por la pandemia llamada mal analógico, una psicopatía incurable por inadaptación al mundo postdigital.

En el aniversario de aquella hecatombe mundial, los supervivientes que lograron superarla parecen gozar de una sorprendente buena salud mental. Cuando quieren enterarse de lo que pasa en lo que queda de mundo leen el periódico o escuchan la radio. Si necesitan comunicarse con algún ser lejano se escriben una carta o lo llaman por teléfono. En el primer caso sólo abren el buzón una vez al día, de lunes a viernes, y en el segundo han de estar pegados al aparato fijo del cuarto de estar, que solo utilizan cuando lo necesitan de verdad. Las nueva generación de neoninis (ni móvil ni tableta ni ordenador ni ná) ha aprendido a leer, a escribir, a jugar, a imaginar e incluso a conversar y a ver el mundo real que los rodea fuera de la pantalla del móvil cuando van por la calle.

Un año después del «Pearl Harbor del siglo XXI», las costumbres sociales han regresado al XX. La gente se mira, se habla, se siente. Las personas han dejado de ser esclavas de la adicción al que fuera llamado teléfono inteligente pero que las volvió más necias, ignorantes y estúpidas a la vez que egoístas, agresivas verbales y narcisistas. Ahora felizmente han vuelto su vista liberada al cielo de nubes y estrellas, al bosque, a la montaña, a la ribera, al mar y sobre todo a los ojos de su prójimo, puerta de entrada de su alma, en busca del privilegiado gozo de vivir en un hermoso planeta del que la tecnología parecía haberles privado para siempre. Hoy, en fin, el mundo es casi tan feliz como pudo serlo hace cincuenta años.

Feliz Navidad.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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