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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Insaciables

Por ser la más reciente, y por cortedad de miras histórica, «la guerra civil española» es la que desgarró el país entre 1936 y 1939. Pero solo fue —y que siga— la última de las libradas entre españoles durante siglos.

La primera quizás fue la literalmente fratricida entre Pedro I el Cruel y Enrique II de Trastámara, en el siglo XIV. La oposición al reinado de Carlos I acarreó dos en el XVI, la de las Comunidades de Castilla, entre comuneros y partidarios del emperador, y la de Germanías, entre estos y los agermanados de Valencia y Mallorca. Ya en el siglo XVII la Generalidad de Cataluña se sublevó contra la España borbónica, como siempre para salir perdiendo, igual que medio siglo más tarde en la guerra de Sucesión entre austracistas y borbónicos, cuando apostaron por el perdedor.

El cercano siglo XIX fue escenario de tres atroces guerras civiles, las carlistas, y tan solo sesenta años después de la última estallaría nuestra guerra civil por antonomasia. Tras «pacificar» (terrible palabra) el Norte con la caída de Bilbao, la primera la ganó un general de dureza legendaria que fusilaba a mansalva (incluso diezmando a sus propios soldados, acusados de cometer tropelías en Labastida y Briñas), que resultó ser un mal gobernante y que murió de viejo en su cama. No se llamaba Francisco Franco sino Baldomero Espartero, cuya estatua ecuestre preside el centro de Logroño y cuyos restos reposan en un mausoleo de la catedral. Uno de sus ajusticiamientos más despiadados fue el del joven general Diego de León, valerosamente fusilado («No tembléis, ¡al corazón!») en la Puerta de Toledo desoyendo las peticiones de clemencia. Antes los isabelinos habían fusilado a la madre del general carlista Ramón Cabrera, «el tigre del Maestrazgo».

Dos calles importantes del madrileño barrio de Salamanca, Diego de León y Príncipe de Vergara (Espartero) se cruzan hoy muy cerca de las dedicadas al General Pardiñas, muerto en combate contra Ramón Cabrera en la batalla de Maella, o a Díez Porlier, ahorcado por conspirar contra el despotismo de Fernando VII el Felón, quien conserva su calle en Madrid, igual que el Espoz y Mina que ordenó fusilar a la madre de Cabrera.

Al proclamarse la II República estuvieron a punto de derribar la estatua de Espartero erigida frente al Retiro y en 2007 Barcelona le retiró la calle al Duc de la Victòria (en parte, ahora es Carrer del Duc) que en 1842 reprimió una insurrección bombardeando la ciudad. Cualquier día este gobierno rehén de filoterroristas, indocumentados, populistas e indepes decreta exhumar a don Baldomero de la Redonda, a Felipe V de La Granja o, ya puestos, al Cid de la catedral de Burgos. Su memoria histérica es tan insaciable de ajustar cuentas al pasado como Pedro el Usurpador de mantenerse en el poder aunque sea gracias a ellos.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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