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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Opinadictos

Apreciados lectores (de una vez y para siempre: incluye «apreciadas lectoras»), espero que para gusto de algunos y supongo que para disgusto de algotros, vuelvo a empuñar el bisturí literario. Ya sé que hace cuatro meses anuncié que lo enfundaba con el quirúrgico. Dejar éste, la verdad, no me ha costado mucho. Rajar extremidades, créanme, no es agradable ni cuando sale bien. Pero dejar de rajar a secas es distinto. Piensen de mí lo que quieran. Que tomo decisiones impulsivas y poco meditadas. Que no soy hombre de palabra. Miren, les juro que sigo queriendo dejar esto con la misma resolución que en septiembre. Pero, sencillamente, no puedo. Intentar quitarme de largar los jueves en esta página sólo me ha servido para comprobar lo enganchado que estoy al vicio. Meterte una columna en vena todas las semanas durante catorce años te convierte en un dependiente psicológico de las cosas que pasan a tu alrededor o de las ideas que asaltan tu mente. Duele confesarlo: soy un adicto a la opinión publicada.

Cuando supe que yo solo no podría superarlo acudí a Opinadores Anónimos, una academia de desintoxicación para tertulianos sabelotodos, columnistas pertinaces y escribidores compulsivos de cartas al director. Fue muy duro. Además de los deberes imposibles para casa (entregar el portátil, dejar de ver, leer y escuchar noticias y no discutir con familia o amigos sobre cualquier asunto polémico), estaban las temibles sesiones de deshabituación. Nos sentaban en corro y tras las presentaciones de rigor («me llamo Fernando y soy columnista») lanzaban al ruedo una sarta de temas de actualidad sin dejarnos ni rechistar. Los de política internacional (lío del Brexit, muro de Trump, Venezuela, Waterloo) aún se aguantan. Es más difícil cuando sacan temas nacionales (la indignidad del gobierno Sánchez, el auge de Vox, el pozo de Totalán, el taxiterrorismo, Pepu, la corrupción funeraria, ponerles nombre a las lluvias) o locoregionales (botellones logroñeses, interinos perpetuos y otras vergüenzas, Enciso, Davalillo…) Pero lo peor fue cuando detonaron en nuestras narices una traca de estupideces sociopolíticamente hipercorrectas soltadas por esa panda de niñatos portavoces, politicastros incompetentes y supremacistas del cromosoma XXL que nos mangonea, mezclada con cosas como las bodas de perros, el cabrón de viejo que ha rayado impunemente mil coches en Vigo o la inmigrante haitiana que le ha sacado dos millones al hotel que le dio trabajo porque su secta religiosa le impedía currar los domingos. La puntilla fue que un teléfono chino ha «completado» la Inacabada de Schubert. Demasiao pal mono, así que les pido que odien la adicción y compadezcan al adicto. A otros les da por el groguizolam, la coca, el prive, las tragaperras, los videojuegos o el feisbuc. (¡Bua, qué chute!).

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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