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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Fotómanos

A los jóvenes les parecerá antediluviano pero, no hace tanto, para fotografiar algo había que: (1) disponer de una voluminosa cámara que sólo servía para eso, (2) comprar un carrete, (3) cargarlo, (4) disparar hasta 36 «instantáneas» como máximo (sin posibilidad de borrarlas), (5) extraer el carrete, llevarlo a revelar, (6) recogerlas y (7) pegar las más potables en unos álbumes que mayormente servían para torturar a los invitados en la sobremesa con los reportajes de las vacaciones o la boda.

Hoy, en cambio, los teléfonos portátiles permiten tomar, seleccionar, eliminar, editar, enviar y reenviar al momento cuantas fotos y videos se quiera, cayendo sin remedio en el abuso de lo que además de fácil y accesible sale gratis. Todos los poseedores de móvil acumulamos miles de fotos tomadas a tontas y a locas que nunca veremos porque carecen de interés y están condenadas al olvido inmediato. Pero en lo que se refiere a las visitas turísticas, tirar fotos con el móvil sin parar se ha convertido en un auténtico trastorno obsesivo-compulsivo de nuestro tiempo: la fotomanía.

Esta patología de la conducta puede estudiarse de cerca visitando alguna de las grandes pinacotecas europeas que cometen el error de permitirla. El fotómano es un individuo mayormente asiático que, previa selección de las obras emblemáticas del museo, se lanza a por ellos cámara en mano pasando del resto de la exposición. Incapaz de disfrutar contemplando las obras de arte reales, sólo las ve a través del visor de su cámara. Poseído por una prisa sintomática de su ansiedad, el participante en esta gincana fotográfica logra colarse a codazos en el grupo de espectadores a pelo y, cuando consigue apostarse frente al cuadro, dispara y sale pitando a empellones a la caza de la siguiente pieza. Como te atrevas a mantenerte firme en su línea de tiro puede llegar a exigirte que te retires para que él haga la foto o, en el peor de los casos, propinarte el empujón definitivo para quitarte de en medio. Una vez asistí a una ópera detrás de un anormal de ojos rasgados que se la pasó enterita grabándola con su cámara de video.

Gracias a la tecnología digital y a los teléfonos inteligentes (muchas veces más que sus propietarios), la fotografía ha pasado de ser el arte que unos pocos aficionados cultivaban casi en la intimidad a una manía pandémica de captar imágenes, en muchos casos como ejercicio de exhibicionismo narcisista en las redes sociales. No lamento que hacer fotos esté al alcance de cualquiera, pero me pregunto qué sentido tiene almacenar en un disco duro imágenes que no permanecen en la retina más tiempo del empleado en obtenerlas.

 

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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