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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Una quijotada*

Miren, no soy de Vox ni los he votado aunque defiendan cosas como la abolición de las Autonomías que he reclamado en esta columna mucho antes de su fundación. Pero como me revientan los linchamientos a manos de malandrines, bergantes y follones, me calo el yelmo de Mambrino dispuesto a romper una lanza, más que a su favor, en contra de los hipócritas que los consideran una turba de apestados ideológicos que urge confinar en el lazareto de la exclusión política para no contagiarse de sus pútridas llagas. ¿Qué ha hechoVox durante su lustro de existencia para merecer los cuernos y el rabo con que los pintan sus adversarios? Nada, salvo largar, disentir, oponerse a cómo algunas leyes abordan ciertos asuntos y proponer medidas polémicas pero que millones de ciudadanos han apoyado con su voto.

En cambio, respetables partidos que les niegan el pan y la sal arrastran un abultado historial de ilegalidad, corrupción y deslealtad institucional sin que nadie pida que los echen. Y no me refiero a viejos antecedentes criminales como los del PSOE en España (ande, léase la historia del golpe de Estado que dieron en 1934 porque la derecha entró en el gobierno) o del comunismo en el mundo, sino a lo que uno ha visto desde 1977: incontables casos de corrupción en todos los partidos pero sobre todo en los dos que han gobernado con mayoría absoluta, aunque el más ladrón —y hábil— de los dos haya convencido a muchos de que los chorizos son los otros.

Resulta que partidos que han delinquido robando a espuertas, ejerciendo o apoyando el terrorismo (de ETA y de Estado) o vulnerando las leyes son tan delicadamente asépticos que hay que preservarlos del contagio de los recién llegados a su patio de Monipodio con esa cínica memez del «cordón sanitario». No por lo que han hecho, insistamos, nada, sino por lo que dicen ejerciendo su libertad de expresión. Y el fascismo no consiste en lanzar un discurso sino en imponer a la fuerza el propio o amordazar el del adversario. El pecado original de Vox consiste en ser «la extrema derecha». ¿Y? ¿Es eso peor que la extrema izquierda?, ¿que el extremo sectarismo?, ¿que la extrema traición?, ¿que la extrema rapiña de fondos públicos?, ¿qué la extrema irresponsabilidad, desvergüenza, mediocridad, incompetencia?

A día de hoy, Vox no ha matado, amenazado, robado, defraudado, promovido golpes de Estado ni desacatado la Constitución como esas inagotables canteras de granados, pujoles, roldanes, arnaldos y monederos que les escupen desde su higiénico cordón, en extraña sintonía con los espíritus puros del extremo centro. Que partidos con esos antecedentes les hagan ascos a Vox es como si el dueño de una pocilga denunciara al caniche del vecino por mearse en su montón de estiércol.

*Dicho o hecho propios de quien defiende causas que no le incumben y de las que suele salir mal parado.

 

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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