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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Fiestas

Villalbero es uno de los pueblos satélites que han crecido de forma tan rápida como caótica en torno a Rotondia, capital de la región autónoma de Enolia. A pesar del espectacular desarrollo de la localidad, sus moradores, motejados «parlanchines» por los pueblos vecinos debido al cultivo intensivo de pera conferencia en la localidad, permanecen fieles a sus tradiciones más ancestrales. La más importante se celebra el 9 de julio, festividad de San Zenón, y en torno a esa fecha acontecen los días más grandes del año: las «fiestas».

La tradición asegura que Zenón de Nicomedia era un diácono cuyo cuerpo fue descuartizado y arrojado a los perros en el siglo III por negarse a abjurar de su fe cristiana durante la persecución del emperador Decio. Nadie sabe por qué es el santo protector de Villalbero, ni como fueron a parar al pueblo medio peroné y un astrágalo suyos como reliquias. Pero ni su descatalogación del santoral por el Vaticano, debido a las dudas sobre su existencia, evita que otro año más lo arranquen de su hornacina, sita en un oscuro rincón de la iglesia parroquial, lo cubran de flores y lo procesionen por el pueblo precedido por los danzantes, escoltado por las autoridades y seguido de lugareños endomingados manifestando su fervor patronal entre sones de dulzaina, repiques de campanas, ecos de charanga y un extraño aroma a revuelto de choricillo con incienso.

Todos los actos programados, desde el chupinazo a la quema del garrafón, se ejecutan en la calle: degustaciones, suelta de vaquillas, toro de fuego, marionetas, juegos infantiles, barracas, comparsas, desfiles, pasacalles, discotecas móviles, fuegos artificiales y demás muestras de que a pesar de su vertiginoso proceso modernizador, Villalbero sigue siendo el mismo pueblo de siempre. Pero el plato fuerte del programa festero, además de callejero, es nocturno.

La auténtica reina de las fiestas no es una jovencita disfrazada de princesa Disney sino la verbena, una formidable erupción de decibelios que desde el cogollo del pueblo desparrama su torrente ruidoso sin piedad por toda la comarca hasta las cinco de la mañana impidiendo dormir a mucha más gente de las que disfruta con la murga. La mayoría de estos son bandadas de adolescentes capitalinos que cual plaga bíblica caen sobre el pueblo en fiestas que sea en busca de juerga, coloque y magreo hasta que la luz diurna los devuelve como zombis a sus establos tras dejar el lugar arrasado de basura y apestando a meadas y vomitonas, sin respetar ni los venerables muros del templo donde el pobre San Zenón, repuesto en la oscura soledad de su hornacina, aguardará otro año a que vuelvan a pasearlo como pretexto para cometer en su honor los excesos —principalmente de bulla, alcohol y porquería— que en todos los pueblos de España, sin importar su tamaño, denominan «fiestas».

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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