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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

El caso de la mujer desaparecida

El viernes 23 de agosto una mujer de 56 años anunció a su familia que se iba «a pasar unos días al monte». El domingo 25 uno de sus cinco hermanos vio el coche de la mujer en un aparcamiento de senderistas pero hasta una semana después no denunciaron su desaparición. A mí esto me resulta muy extraño: ¿nadie le preguntó dónde y cómo pensaba pasar esos días? Una vez detectado el coche —con el teléfono de la mujer—, ¿a nadie le alarmó que en tantos días no regresara de un monte sin sitio donde alojarse? ¿Se hubiera llegado a tiempo iniciando la búsqueda de inmediato? Pues, a pesar de tener todo el sentido, tampoco se ha formulado nadie estas preguntas en la avalancha de informaciones que sobre el suceso ha caído sobre la opinión pública.

En España ocurren desapariciones a diario. La mayoría se aclaran en horas o días pero todavía quedan unos 2.700 casos sin resolver. Y no es habitual que para buscarlos se movilice a un ejército de cuatrocientos efectivos (sin contar los voluntarios) apoyados por tierra, mar y aire con perros, caballos, lanchas acuáticas, dos helicópteros y siete drones los días que haga falta. La razón de esta búsqueda vipfue en que en 1992 la mujer desaparecida ganó una medalla de tercera en unas olimpiadas de invierno.

Si la gente ya no se acordaba ni de su hermano, que ganó un oro, menos aún de su broncínea segundona. Pero el escaso interés que despierta en este país cualquier persona viva con un pasado más o menos glorioso se maximiza cuando palma y más aún si se suicida. Entonces, el amarillismo se abalanza sobre la tragedia del ser humano roto hasta la muerte y la convierte en bazofia informativa que el público, tan aficionado a engullirla, devora sin piedad. Solo entonces nos enteramos de que la mujer desaparecida padecía un trastorno psiquiátrico en tratamiento farmacológico de por vida. Que nunca superó la muerte por cáncer de su hermano, el campeón que ella no pudo ser a pesar de meterle esa presión desde los ocho años. Y que España, usted y yo incluidos, se ha portado fatal al no otorgarle un puesto vitalicio en algún organismo oficial con el que aliviar su precaria economía por su medalla bonita, aunque la obtuviera —con todo merecimiento— hace casi treinta años.

Los días pasan y el caso de la mujer desaparecida ya está casi amortizado, pero aún falta satisfacer el enfermizo morbo de mucha gente por saber qué habrán encontrado los forenses en su estómago. Cuando se sepa, cuando todo en torno al óbito quede claro, cuando la mala conciencia nacional por haberla abandonado a su suerte se haya disipado, cuando cesen los panegíricos sensibleros y cuando el último buitre se aleje del cadáver descompuesto de la aparecida muerta y dos chavales sin madre esparzan sus cenizas por la montaña, la mujer habrá desaparecido del todo en un olvido del que ya nunca será rescatada.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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