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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

La ciudad vacía

No corren buenos tiempos para los jubilados (y no pienso añadir «y las jubiladas» así me pongan la pistola de la progresía en la nuca de la gramática, que la tengo muy dura). Y no lo digo por el futuro de las pensiones, que de momento pagar pagan, sino porque desde la crisis del ladrillo apenas hay obras que supervisar desde la barrera. Aparte de la pirámides de Kebús y Ketrén, en Logroño no hay construcciones que merezcan asomarse. Pero hay dos destrucciones llamativas: la «remodelación» del Sagasta y la «reconversión» de Correos, a mi juicio dos dislates consistentes en vaciar ambos edificios y construir otros en las zonas cero manteniendo las fachadas ni que fuesen patrimonio de la Humanidad. ¿No sería preferible reubicar el nuevo instituto en otro lugar con instalaciones de siglo XXI (cuánto mejor un auditorio en este solar y no en el quinto Logroño) y demoler ese otro horrendo edificio que se come la perspectiva del mejor edificio civil de la ciudad?

Pero el título de la columna no se refiere a estas cáscaras apuntaladas en el corazón de la ciudad sino a otro vaciado bien distinto del deplorado pero inevitable de aldeas desprovistas de recursos, oportunidades e incentivos. No debería alarmar tanto que Altuzarra, Valdevigas o La Santa estén despobladas como que en Logroño (151.000 hígados) haya 16.000 viviendas vacías y 7.500 habitadas únicamente por una persona mayor de 65 años. No creo que el último morador de su aldea perdida en un barranco de la sierra pueda sentirse más solo que el mana* recluido en la celda de su corrala con menos derecho a que lo saquen de paseo que un chucho y al que nadie echará en falta si palma hasta que el hedor alerte a los vecinos.

Si revitalizar villorrios despoblados es plantar una antena para engancharse sin descanso a la serie o al guasap o abrir un bar para los urbanitas se dejen caer por allí el domingo, mejor están como venerables testigos silenciosos de un pasado sin prisas, neuras, malos humos, agobios ni ruidos, irrepetible en un mundo en constante huida hacia delante a velocidad de vértigo en pos de un «progreso» siempre más veloz.

La ciudad está repleta de gente abrumada, apurada y malhumorada, afanándose en hacer unas cosas absurdas o inútiles y preocupándose por otras que nunca sucederán, rebosante de individuos más pendientes de su cuerpo que de su alma y de su móvil que de su prójimo, infestada de usuarios que disponen de todos los servicios pero no dejan de quejarse y protestar por todo porque la insatisfacción es insaciable y no queremos entender que lo mejor de la vida es gratis y que no es más feliz el que más tiene sino quien menos necesita. La ciudad, en fin, está llena de humanos —y algunos humanoides— pero vacía de humanidad.

* mayor no acompañado

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

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