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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Mi patria

La campanilla del carro de la basura tirado por caballería. Montoya voceando “La voz de España” en el portal. El vareo de la lana del colchón en la terraza. Justi Hueda, el último barbero-practicante, premiándonos con una peseta si no llorábamos. La imponente “Federica” guiada por funerarios de librea. Las corricainas para besar la mano de don Florentino. Los coches de línea con la baca atestada de bultos y paisanos. La ruleta del barquillero, los puestos de Avaricia y la Sedana (“zenehorias” en vinagre) donde nos dejábamos el pesetón (2,50) de la paga. Radio Rioja (EAJ 18) y la centralita humanizada (“pónme con el 22, has favor”). La estufa de serrín, la leche en polvo y Sor Ángeles con su toca, su chasca, su sonrisa bondadosa y su larga caña para alcanzar hasta el pelotón de los torpes. Las Públicas, con “Donje” amenazando (“¡Murga, que te vuelvo lata”) las más veces y arreando reglazos en las yemas las menos bajo la aquiescente mirada del Caudillo. La espera en la cuadra a que la Justa acabara de ordeñar y me llenara la candaja. Las clases de francés en casa de Madame. Las zambullidas en la Península y los veraneos en “Deva” (debajo del puente del trenillo a Ezcaray, la “caja de cerillas”). El Empastre y el Bombero Torero. Las barracas del Panteón parando cuando salían los Faroles de la Vega. El gentío agolpado delante de casa cuando (¡qué tiempos!) a don Adón y Esther les ingresaba un accidentado. La Vegui arrancándonos de la sesión continua del Gonzalo de Berceo y la señora Amparo sujetándome en la barandilla de la Florida mientras tocaba la banda. El chisporroteo de los pistones que, según Hilario del Val, acabó prohibiendo el gobernador provincial. La tómbola “Los riojanitos” con mi socio Juanjo Hontañón (íbamos bien pero dimos en médicos). Los bolados por San Juan y el pan untado en nata y azúcar con que madre nos despertaba los domingos. Los sietes y rasguños de tirarnos por el “terremplén” del Pardo. La trompa, las “cánicas” y los tres navíos en un mar sin coches. El popurrí de la jira. Los cangrejos atrapados en ladrillos que echábamos al Tirón. El Norte sacando las primeras chaquetas en agosto. Y el entrañable centro comercial que proveía de todo a tiro de piedra: la plaza de Abastos, la farmacia de Baltanás, la tasca de Tiriquilla, el puesto de la Vigura, las zapatillas de la señora María, el hielo de Gimeno, la droguería de “las señoritas”, la fruta del Valenciano, los coloniales Juan de Pedro, el estanco, la pesca de las Bermeanas y la Tomasa, el jamón de Calvo, la carne de Mendoza, Donézar, Afeitamocos, Cachán, Mozos, la Casita… Si la auténtica patria del hombre es su infancia, la mía se extiende entre el Pardo al norte, Fuentelmoro al sur, Iturrimurri al este y Vista Alegre al oeste. Se trata de Haro, mi pueblo. Tan cerca. Tan lejos.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

Sobre el autor

Haro, 1953. Doctor en Medicina especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología jubilado en 2018, ya escribía antes de ser médico y lo seguirá haciendo hasta el final. Ha publicado varios libros de relatos y novelas y ha obtenido numerosos premios literarios y accésits. El bisturí es una columna de opinión que publica Diario LA RIOJA todos los jueves desde 2004.


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