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Fernando Sáez Aldana

El bisturí

Anacleto en Moscú

Entre tanta mala noticia y tanta catástrofe (Haití, déficit, jubilación a los 67, plantón de Obama, lesión de Nadal, posible reincidencia de ZP en 2012, etc.), que nos mantienen en un estado permanente de angustia informativa, hemos conocido un hecho supuestamente grave y serio pero tan inverosímil y divertido que parece una inocentada: en la Audiencia Provincial de Madrid están juzgando a un espía español por traición. Resulta que un tal agente Flórez (nombre tan de tebeo como el de sus colegas Anacleto o Filemón) vendió presuntamente información durante años a los servicios secretos rusos a cambio de doscientos de los grandes. A mí que siga habiendo espías sueltos por la actual Europa ya me parece tan desfasado como las novelas de Le Carré y la guerra fría que las ambientaba. Pero que los tengamos aquí en nómina del Estado y que para sacarse unas perrillas por las tardes alguno se haya dedicado a vender secretos a la Rusia postsoviética se me antoja de chirigota. Entendería que introdujéramos topos en los mejores laboratorios europeos de ideas capaces de superar crisis, crear empleo, disminuir gasto público y generar más bienestar para robárselas en beneficio de los súbditos españoles. Pero, ¿vender secretos nosotros? ¿Al Kremlin? ¡No nos hagan reír! A ver, ¿qué puede venderle nuestro agente Anacleto de carne y hueso a los inventores de la ensaladilla, la montaña y la ruleta rusas que no tengan? Estamos hablando del país de Chaikovski, Tolstoi y Eisenstein, la perrita Laika y la estación Mir, Rasputín, Chernóbil, el KGB y la Bratva. Qué fórmulas secretas les íbamos a pasar, ¿la de la tortilla del Mere?, ¿el carajillo?, ¿los callos recalentados, los rusos de Alfaro? Si en la Europa del siglo XXI ya no hay bloques, muros ni alambradas, hombre. Hace un año, sin ir más lejos, aquella ínclita ministra de Fomento Álvarez se largó a Siberia para ver cómo se las apañaban los transportes en condiciones invernales extremas y no sólo no tuvo que disfrazarse de matriuska cual Mortadelo sino que las mismas autoridades le enseñaron las pistas dotadas de calefacción cuya instalación en Barajas nos ahorró a todos su providencial destitución. Por desgracia, las únicas aunque temibles armas de destrucción + IVA (18% a partir de julio) que posee España son las que se están cargando tan eficazmente puestos de trabajo, pequeñas empresas, la balanza comercial, el PIB y, aún peor, la confianza en el futuro de las nuevas generaciones, hipotecado por una situación económica en caída libre ante la impotencia o incompetencia de sus gestores. Y esa clase de armas secretas no las querrían ni bolcheviques jartos de vodka.

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Por Fernando SÁEZ ALDANA

Sobre el autor

Haro, 1953. Doctor en Medicina especialista en Cirugía Ortopédica y Traumatología jubilado en 2018, ya escribía antes de ser médico y lo seguirá haciendo hasta el final. Ha publicado varios libros de relatos y novelas y ha obtenido numerosos premios literarios y accésits. El bisturí es una columna de opinión que publica Diario LA RIOJA todos los jueves desde 2004.


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