En numerosos filmes del llamado género thriller, un personaje desalmado y extremadamente malvado viola, tortura o mata a sus inocentes víctimas con tal saña y tamaña crueldad que llega a ser odiado por unos espectadores ansiosos de que el criminal reciba su merecido, del modo más espantoso posible. Y cuando sucede, la película ya sólo puede acabar, pues su razón de ser no era otra que regodearse con el desquite y una vez consumado éste no hay más que mostrar. Pues contemplar escenas de extrema brutalidad nos horroriza si las sufren “los buenos” pero nos complace cuando son “los malos” quienes las soportan como merecido castigo a su execrable vileza., humana ambigüedad moral que tantos cineastas han aprovechado para excitar una de las más bajas pasiones del respetable, con sede en sus tripas (la más baja de todas queda un palmo más inferior): el ansia de venganza. Una venganza casi siempre ejecutada impunemente al margen de la ley, en la convicción de que la gravedad de los crímenes cometidos por el malo bastará para aprobar su eliminación sin contemplaciones con el beneplácito de un público más fascinado por la impactante figura del justiciero implacable que por ese aburrimiento de la lenta, insuficiente y tantas veces injusta justicia. Ya imaginan a qué me estoy refiriendo con este largo preámbulo. Confieso que cuando me enteré de la muerte de Osama bin Laden mi primera reacción emocional también fue una mezcla de alivio, satisfacción y contento. Pues, al fin, el malo malísimo de una película que ya estaba durando demasiado sin que se produjera el anhelado desenlace había sido liquidado por los buenos. Todo ha sucedido como en una de esas cintas de acción tan del gusto yanqui: una banda de malhechores a las órdenes de un villano perpetran una fechoría tras otra ante la desesperación de la decente ciudadanía, la impotencia de la policía y la airada impaciencia de las autoridades (y de los espectadores), hasta que un puñado de audaces héroes adiestrados consiguen penetrar en la guarida del malo y cepillárselo ejecutando una sentencia de muerte dictada sin necesidad de proceso, pues era tan malo que nadie clamará por su indefensión o su derecho a un juicio justo. Pero sucede que no estamos ante una pantalla donde nada más cargarse al malo aparece la palabra “Fin” y los espectadores abandonan la butaca con un regusto a revancha y palomitas, sino en un mundo real que probablemente no será un lugar mejor tras el asesinato de bin Laden, tan celebrado y justificado por Occidente, sino más inseguro y peligroso todavía. Así que celebrémoslo, vale, pero llamemos a las cosas por su nombre y apechuguemos con las consecuencias: el plato de la venganza debe servirse frío, pero seguro que Al-Qaeda no tendrá esa paciencia. Y a ver quién les da clases de “justicia”.