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Mayte Ciriza

Que quede entre nosotros

Blasfemias

Anda muy alborotado estos días el mundo islámico por las viñetas danesas y parece que no hacen mucho caso a lo de la alianza de civilizaciones a juzgar por las banderas europeas quemadas y las embajadas incendiadas. ¿Y aún quiere algún movimiento islamista reconquistar la antigua Al-Andalus (no confundir con Andalucía, porque se denomina así a casi toda la Península)!. No saben con lo que se iban a encontrar. Porque si hay un país familiarizado con la blasfemia, éste es España.

Me refiero a esa amplia tradición hispana de la blasfemia. Se jura con profusión en muchas regiones de España, pero el Norte se lleva la palma, en concreto la zona de La Rioja, País Vasco y Navarra. Si hay un ranking que encabezamos es el de la utilización del nombre de Dios en vano. No digo ya en exposiciones, en programas de televisión, en obras de teatro, todo eso lo dejo aparte. Baste recordar lo que millones de españoles tuvimos que aguantar cuando en un «derroche de ingenio» un autor, de cuyo nombre no quiero acordarme -en este caso con razón-, puso en escena una obra con el ‘gracioso’ nombre de M.C.E.D.

Aún recuerdo, en cambio, ese bar al que me llevó un día mi santo para ver una placa que rezaba (nunca mejor dicho): «Prohibido blasfemar sin causa justificada». Y aquella placa tenía más ingenio que esos artistas mediocres que sustituyen la falta de talento y de creatividad por la ofensa y la provocación.

En español, jurar significa tanto prometer algo solemnemente como blasfemar. Pero en la práctica esto sólo ocurre aquí, porque en Hispanoamérica, su enorme riqueza del lenguaje se manifiesta, también, en la falta de blasfemias. Tienen muchas expresiones para manifestar un cabreo, sin tener que ofender las creencias religiosas. Y en otros países europeos de profunda tradición católica, las blasfemias son inexistentes.

Entre una libertad de expresión que permite algo que me repugna profundamente como las blasfemias -pero ya están los tribunales y las leyes para dictaminar- y quemar las banderas y las embajadas de occidente, hay un abismo. El de la libertad y la civilización.

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Por Mayte CIRIZA

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