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Mayte Ciriza

Que quede entre nosotros

Cabezazos

Estos días tengo a mi hijo mediano desconcertado por
el cabezazo de uno de sus ídolos, Zinedine Zidane, al jugador italiano
Materazzi. Como tantos otros, comprende que Zidane -modelo de equilibrio y tranquilidad
dentro y fuera del campo- hizo mal al dejarse llevar por la provocación del
jugador italiano.Al ser la final del
Mundial y el último partido de su carrera deportiva, este incidente, además en
los últimos minutos de la prórroga, ha adquirido una dimensión que supera lo
puramente deportivo.

 

Se han hecho encuestas y sondeos exclusivos sobre la
agresión, ya circulan por la red juegos con el famoso cabezazo y hasta una canción sobre el incidente se
perfila como la canción del verano en Francia. Expertos en lectura labial ven
una y otra vez las imágenes para averiguar qué fue lo que dijo exactamente el
jugador italiano. Para aclarar este episodio, la mayor organización del mundo, la FIFA (eso sí es
globalización), ha convocado mañana jueves un careo entre los dos jugadores. No
sé lo que dirán los de la FIFA,
pero la agresión fue injustificable.

 

El fútbol es mucho más que un mero deporte: miles, millones de niños y jóvenes se educan con
las actitudes, estilos y comportamientos de los jugadores y los toman como
modelo. Pero además de la violencia física, hay también en el fútbol una
violencia verbal que va en aumento, y no sólo en el césped. Las gradas parecen
un espacio para la violencia ritual con insultos coreados en tantas ocasiones
por los hinchas como una terapia colectiva. Al actuar en grupo, se difumina el
propio yo, cada uno se desinhibe y se escuda en la masa que facilita el
linchamiento verbal.

 

Pero lo que ocurre en el fútbol no es algo aislado: es el reflejo de lo que sucede en la
sociedad. Todos censuramos la violencia física, pero hay otros cabezazos,
dentro y fuera de los estadios, más sutiles, menos visibles, que son los
cabezazos verbales, los insultos, las provocaciones. Precisamente lo que nos
hace falta son ejemplos de serenidad, de autocontrol, ejemplos de no caer en el
insulto fácil ni en la violencia física ni verbal.

 

En nuestro idioma andamos
sobrados: se acaba de publicar en Argentina un “Diccionario de la injuria”,
que recoge nada menos que 3.000 insultos en español (dicen algunos que es
la lengua más rica del mundo en este tipo de léxico). Por cierto, seguro que si
también quitaran puntos por insultar al volante, las ciudades españolas iban a
tener mucho menos tráfico (y la mayor parte femenino).

 

Muchas veces el propio lenguaje que narra un partido
o utiliza la afición tiene un toque agresivo. Por eso, en el fútbol y en la
vida, en lugar del “a por ellos”, estamos más necesitados del lema de Brasil:
“joga bonito”.

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Por Mayte CIRIZA

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